viernes, 29 de julio de 2016

Tres poemas

He decidido colgar juntos estos tres poemas porque veo ciertas similitudes de fondo en ellos. Pero ya decidirán ustedes si están de acuerdo con esa idea.

Introspección

Venero las horas solitarias
contemplando el cielo deshacerse
y alabo las horas melancólicas
esparciendo pensamientos en la bóveda.

Es en estas horas adustas
y no en otras más festivas
cuando comprendo las preguntas,
cuando me lleno de dudas,
cuando se me agotan las respuestas.

Por eso las enaltezco,
por eso agradezco sus colores tímidos,
sus canciones de jazz nostálgico
y su aroma a biblioteca antigua.

Porque no hay respuestas válidas,
sólo argumentos mejor sembrados.
No existe una estructura anterior,
sólo un diseño aleatorio.
No estamos asentados en ningún lugar,
sólo nos movemos esquizofrénicamente,
sin ser conscientes de nuestras errancias.

Creo que Odiseo ha sido el único que lo ha entendido:
que no vivimos si no vagamos,
si no cambiamos el destino cuando lo alcanzamos,
si no navegamos por mares de monstruos
y si no escuchamos a las sirenas
sin ahogarnos por sus cantos.


Guatire, 21 de junio de 2016


Nada

Decidí un día
vivir sin letras
sin palabras, sin poemas.
Me desperté en mi cama
-aunque realmente no la sentía mía-,
casi no noté las diferencias en -mi- casa
-cómo hacerlo,
si vivimos las rutinas en una prosa amalgamada-,
pero cuando salí
y levanté la mirada
me di cuenta de que no había cielo:
se había extinguido el sol,
los colores se ocultaban tras las sombras.
Y es que todo era sombras,
no había diferencia entre los rostros de las personas,
ni en los bigotes de un perro y un gato.
Pero lo peor, lo peor de todo
es que yo no era nadie:
mi alma se había escondido con los versos y los sentimientos.
Todo era sensaciones sin nombre, estímulos externos sin sentido,
percepciones sin reflexiones.
Y me ahogaba,
y la confusión me ahogaba más.
Se borraron las diferencias entre lo vivo y lo muerto
y así me perdí
y el mundo se perdió también.
Caracas, 11 de julio de 2016


Retrospección enmascarada

Hoy echo de menos un sol antiguo
cuya luz -falsa- se rompía en estrellas sobre mi piel.
Añoro las brisas de aire fresco en mayo,
que me envolvían en un -falso- reconfortante abrazo.
Recuerdo con nostalgia la sensación de las semillas brotando bajo mis pies desnudos,
obsequiándome una -falsa- rosa nevada.
Extraño el agua diáfana de las cascadas de invierno,
y la -falsa- pureza que dejaban al deslizarse por mi garganta.

Revolotea hoy mi alma
por las memorias de un pasado de -sombras- luces,
en el que cantaba himnos -fúnebres- de fiestas
y sonría -lloraba- cada noche
cuando recordaba que estaba viva.
Guatire, 13 de julio de 2016

sábado, 16 de julio de 2016

Monólogo de Odiseo

Hace tiempo que quería publicar este monólogo, que escribí originalmente para mi clase de Literatura y Vida durante mi primer semestre en la escuela de Letras. Hoy veo muchas cosas en él que no veía cuando lo escribí, hace ya un año. Este es un Odiseo al que enfrenté, casi sin querer, con el absurdo Camusiano. No me imagino realizando hoy semejante experimento, lo que definitivamente me hace agradecer haberlo hecho accidentalmente. Creo que así, por accidente, es que nacen algunas de las mejores cosas de este mundo. Pero juzguen ustedes.


Monólogo de Odiseo
–Esto que voy a contarte, amigo mío, ¡ay, amigo mío! lo llevo enterrado muy profundo en el alma. Y es que ya no sé quién soy, no sé si soy esta vergüenza, estas errancias, estas imprudencias. Me he perdido, me he perdido en los mares de mi inconsciente. Y me estoy ahogando. Poseidón no me deja respirar. Estoy tratando de refrenarlo, pero es imposible. Me lo he buscado. Este peso sobre mis hombros, estas rodillas débiles, estas alas rotas, me las he buscado yo y nada más que yo. Tengo que sacármelo, así que por favor, escúchame. Tú, que no has caminado conmigo a través de mis desaciertos, tú, juez imparcial, escúchame. Nix y yo nos hemos hecho cercanos amigos, mucho más de lo que alguna vez pude haber imaginado. Y es que estas viejas jornadas me están alejando de Hipnos, cuyo rostro ya no podría reproducir si eso me pidieras. Lo he olvidado, lo he olvidado en beneficio de mis días pasados. Me asedia, sobre todo, el fantasma de aquella diosa, en la mitad de mi viaje. Una diosa de cabello azafrán, piel de perlas y ojos uránicos. La primera vez que vi su rostro infinito sentí estar observando todas las verdades del universo en el contraste perfecto del día y la noche que era ella. Se me reveló la verdad, y la verdad resultó ser el misterio del pasado. La memoria, la capacidad de recordar, de aprender de nuestros fallos y aciertos para construir nuestro futuro es lo que nos hace humanos. Eso, aunado, por supuesto, a las emociones. Y emociones muy fuertes experimenté en el lecho que compartimos durante incontables lunas. No te voy a mentir: no estaba buscándola cuando la encontré. La encontré sin esperarla, sin si quiera quererla, porque un dios me dijo que encontrarla sería la única manera que tendría de volver a mi hogar. ¿Por qué será, amigo mío, ¡ay, amigo mío!, que para volver a Ítaca, a los brazos de mi adorada Penélope, he tenido que pasar antes por los brazos de ella? No sé cómo llamar al año fugaz que pasé a su vera. ¿Prueba? ¿Fue una prueba para mí, o para ella? ¿Tenía yo algo en mi interior que ella necesitaba, aunque no pudiera quedarme? A lo mejor ella necesitaba de mi pasado para empezar a vivir y dejar de existir. Quizá, creo, estoy casi seguro, de hecho, de que cambié su esencia. Su hostilidad, su agresividad, ahora amabilidad y hospitalidad. Torné su oscuridad en luz. ¿Se vale decirlo, o suena muy pretencioso? ¿Tú que piensas? La verdad yo no lo sé, pero lo que sé es que cuando llegué a su isla me engulló la oscuridad, y cuando salí me liberó la luz. De bruja a mujer, de inmortal a mortal. Pero es mentira esto que digo, ahora lo veo. Yo no la cambié, yo sólo la ayudé a reconocerse. Porque ella es como esa flor que me dio Hermes para neutralizar su magia: blanca y negra. Y va más allá de lo que ya te dije antes, del día y la noche en su cuerpo. Lo que eres es lo que te neutraliza, y ella es sabia, pero también siente. Y a mí me regaló ambas cosas, sus saberes y sus sentires, porque la ayudé con lo segundo. Te quito, pero te doy. ¿Lo ves, me sigues? Te encuentras cuando no te estás buscando. Mi plan, siguiendo los consejos del dios, simplemente era recuperar a mis hombres, seres de raciocinio convertidos por ella en seres irracionales. Pero, ¿que saben los sentimientos de razones, amigo mío? Sólo alguien como ella podría compaginar ambos términos sin crear un enorme disparate. Y así me lo demostró al despedirme, a orillas del mar, negro vestido, negro velo, negro pelo, blanca piel. No puso reticencias en que me fuera, pero le guardaba luto a mi partida. Sabe que el mejor amor no siempre es el que más dura, sabe que amar tiene que ver con la intensidad de tu entrega. Y sabe también que, a veces, por mucho que lo desees, no todos pueden quedarse. Sabe que algunos sentimientos son tan intensos que, aunque no parezcan estar, realmente siempre están. Sabe que esa clase de sentimientos son tan indestructibles que pueden convivir con la llegada de unos nuevos sin que esto le quite validez ni a los unos ni a los otros. Y sé que lo sabe porque sabía quién era yo y sabía de mi Penélope. ¿Cómo no rendirte a sus pies, amigo mío? ¡Ay, amigo mío! ¿No es una maravilla? Una maravilla, pero no una maravilla natural: una maravilla mágica, imposible. Estamos acostumbrados a asociar la belleza con la naturaleza, pero ella me demostró que algunos misterios son más hermosos que las verdades que encierran. ¿Qué me importaba saber a mí, amigo mío, cuál era su verdad cuando su misterio era tal? Espera, ya continúo, disculpa mi interrupción. Pero he recordado una vaga reflexión que cruzó por mi mente mientras la veía por última vez, en aquel vestido de oscuridad del que te hablé. Recuerdo haber pensado en la relatividad inmanente de la belleza y el tiempo. Ella no se parece en nada a mi Penélope, pero a pesar de que una es inmortal y la otra mortal, las considero a ambas increíblemente hermosas: una todo enigma, la otra toda transparencia. Lo mismo el tiempo, pues mientras un solo año en Troya me parecía eterno, un  año a su lado me ha parecido tan efímero como el revoloteo de alas de una mariposa. Comparo el misterio de la belleza y el tiempo con el misterio de la luz y la oscuridad que ella encarna. Y ahora que te he dicho esto, entiendo que mis anhelos son infundados. Jamás podré entenderla, porque la comprensión de lo que no es natural va mucho más allá de la capacidad de entendimiento de los mortales. ¡Y eso soy, amigo mío! ¡Ay, amigo mío! Un mortal y nada más que un mortal. ¿Será por eso que tuvimos que compartir esas noches de primavera? Cualquiera que la observa, que la escucha, que la vea, que se funda con ella, entenderá lo insignificante que es su vida realmente. No sé en qué momento lo supe yo. No sé siquiera si lo sabía antes de decírtelo. Pero soy consciente ahora, de que así como la enfrenté a su esencia completa, ella me enfrentó a la mía: la mortalidad. Que he muerto dos veces, me dijo. No sé si logro comprenderlo (como ya te dije, es una quimera aspirar a tal y tiránica tarea. Un mortal, entendiendo a una diosa ¡ja!), pero lo que sí sé es que la consciencia de que voy a morir me estaba matando. No quería enfrentarme conmigo mismo, con tantos días perdidos, con tantas ideas desengañadas. Ahora comprendo que mi más grande hazaña no fue haber participado y ayudado a ganar la guerra contra los teucros, ni haber salido airoso de mis insensateces, vez tras vez. Mi mayor hazaña es ésta, descubrir y aceptar mi verdad, mi realidad. Gracias, amigo mío, porque estas lastimeras lágrimas que he derramado mientras te hablaba no las derramaré de nuevo. Mis próximos llantos no serán de aceptación, quizá de nostalgia, pero ahora que me he confesado contigo, no volveré a penar al admitir que mi nombre es Odiseo y soy un náufrago.


Lo que el desgraciado de Odiseo, el Náufrago, no sabía, es que eso que lo hizo mortal sería, indirectamente, lo que lo mataría: el fruto del amor entre la naturaleza y lo antinatural sólo puede ser la muerte.

Guatire, 01 de agosto de 2015

domingo, 3 de julio de 2016

Gin tonic

Gin tonic

Al abrirse las puertas tuve una buena impresión. Él era exactamente como lo había imaginado siempre en mis sueños más caóticos: alto, cuerpo esculpido, caireles broncíneos, profundos ojos del color del mar caribe y piel tersa y mate. Casi podía observar, extendiéndose tras su espalda fuerte, unas amplias alas negras, como de ángel vengador. Lo supe de inmediato, que él era el elegido, que Perséfone me había enviado a su favorito.  Finalmente, después de muchas noches entonando plegarias, había atendido a mis cantos.
—¿Te invito una copa? —Me preguntó, después de sentarse a mi lado, frente a la barra. Sonaba una melodía de jazz suave, mi vestido era muy corto y él no podía dejar de mirarme las piernas. Sabía jugar bien su papel. Eso me sedujo.
—Gin tonic —Accedí, a pesar de que la técnica de retardamiento me producía ansiedad; esto no era una tragedia griega ni un relato homérico. Podría haberme dedicado a reflexionar que era “esto” exactamente, pero me convertí en “Extranjera” por un momento y decidí no hacerme preguntas. ¿Qué coño importaba, de todos modos?
Me puso una mano en el muslo cuando dejé la copa vacía sobre la barra. Se me aceleró el corazón y sentí el pulso latirme con fuerza contra la sien. Lo miré, me miró, y tuve claro que él sabía que sus intenciones me eran transparentes. Supo también que deseaba que las ejecutara.
Entrelazó sus dedos con los míos y de un girón me bajó de la butaca. Salimos del bar y recorrimos varias calles hasta llegar a un motel: “PLUTÓN”, justo como siempre lo había imaginado en esos sueños caóticos. Me lanzó sobre el colchón raído, se abalanzó sobre mí, sacó el cuchillo y se reflejaron mis ojos enfebrecidos en la hoja pulida. Sonreí ampliamente, sin miedo, mientras me lo enterraba en el corazón. Por fin había llegado el momento: me reuniría con Perséfone.

Caracas, 20 de febrero de 2016

miércoles, 25 de mayo de 2016

Ciudad suicida

Ciudad suicida
Las flores ya no cantan
en la ciudad suicida.
Los niños ya no iluminan,
no caminan las mujeres por las vías.
Se va cayendo el cielo,
se elevan las llamas del infierno,
plañen las aves
memorias de armas de hielo
y de hombres ciegos
que se escondían en pelotones de fusilamiento.
Susurran los ríos
cuentos de viejos,
de madres que saltaban de barrancos
huyendo de hogares hambrientos.
Se escucha el grito de los vientos,
tratando de advertir a los pobres
que el latón se puede abollar si llueve muy fuerte.
Y la tormenta no cesa,
y los pobres no escuchan:
les han pintado en las ventanas
una pradera de sol platinado,
oyen una música de versos oscuros
que ellos sienten muy claros.
¿Y quién le va a decir a los soldados
que no se ganan las guerras no declaradas?
¿Y quién le va a decir a las viudas
que mueren sus hijos por defender
una tierra sin hadas?
¿Y quién le va a decir a los jóvenes
que no hay esperanza para los que se matan?
¿Y quién le va a decir a la ciudad
que sus impulsos se curan confiando en la nada?
A veces desaparecen los historiadores,
espantados por las encrucijadas de los que mandan.
Entonces sólo quedan los poetas,
dispuestos a tomar de bala una palabra,
rezando en silencio
porque la ciudad jamás les dé el arma.

Guatire, 23 de mayo de 2016

sábado, 14 de mayo de 2016

En esta ciudad nadie es inocente

En esta ciudad nadie es inocente
Hay un mosquito en la ventana de la sala de Gabriela. Se acerca con sigilo, cuidando no espantarlo. El mosquito agita las delanteras patas blancas y las frota en un movimiento extraño que le concede la apariencia de estar tramando algo —¿contagiarla de zika, quizás?—Gabriela no le da tiempo de llevar a cabo sus planes secretos y estrella la mano contra la ventana con rapidez. El vidrio retumba un poco y la mano le palpita ligeramente, pero es en vano. Ha fallado y el mosquito ya no está. Abre la ventana con la esperanza de que el invasor abandone su hogar. Sonríe parcamente, es una madrugada sin calima.
Una camioneta de apariencia nueva y brillante surca la calle del frente, produciendo menos sonido que el respingo de sorpresa que da Gabriela al verla. «Coño, ¿por qué habrá seguido de largo?».
Pegado del vidrio del asiento de copiloto de la camioneta está el patas blancas que Gabriela no consiguió matar. Puertas adentro, una prostituta que se hace llamar Alessandra apunta con un arma al conductor de la camioneta, cuyas manos tiemblan sobre el volante. Eso no era lo que se esperaba cuando subió a la hermosa mujer a su vehículo. Alessandra, en cambio, tuvo muy claro lo que iba a hacer desde que le vio el rostro al hombre. Había estado esperando esa oportunidad durante meses.

Al papá de Alessandra lo habían matado a las doce de la noche del treinta y uno de diciembre del año pasado, en las puertas de su propia casa. Alessandra había visto todo escondida detrás de la ventana y cuando el disparo sonó, no gritó. No pudo hacerlo. En su lugar, se quedó estática, observando incógnitamente como escapaban los asesinos de su padre. Eran tres y a los tres les vio la cara en las penumbras, apenas iluminadas por las luces de navidad que los vecinos de su barrio no dejaban de poner jamás a pesar de la situación tan apretada. El que accionó el gatillo volvió la mirada a la ventana en la que Alessandra estaba, pero el juego de luces trabajó a su favor, porque el hombre sólo pudo ver su propio rostro reflejado en el cristal. Alessandra, en cambio, lo detalló con precisión.
Los gritos de su mamá y de los vecinos se perdieron entre los cohetes que anunciaban la llegada del nuevo año. Había unos pocos fuegos artificiales iluminando de colores el cielo caraqueño, pero Alessandra no los veía, no los escuchaba. Lo único que veía eran las facciones del asesino y lo único que escuchaba era ese otro cañón destinado a dejarla huérfana de padre.  A pesar de que lo único que conservaba del asesino era el recuerdo vívido de su figura, Alessandra se prometió no descansar hasta encontrarlo y vengar a su padre. Por él hacía lo que hacía, por él vendía su cuerpo y se extenuaba en las noches hasta drenar toda su energía y olvidar que la gente practica el sexo porque siente placer. Ella lo repetía tantas veces que llegaba un momento en que perdía toda clase de sentido y se convertía en un acto mecánico que ejecutaba sin pensar. Pero le pagaban bien —era joven y hermosa—, y aunque ganase menos, no habría sesgado sus esfuerzos. Sin ese dinero iban a matar a su papá.
Pero al final, aunque había reunido el dinero, lo habían matado de todos modos. Su sacrificio, que ocultaba con una sonrisa permanente a sus clientes y a sus padres, no había servido para nada. Le habían quitado lo que más amaba. La vida carecía de sentido, nada importaba. Y por eso iba a matar al maldito, para demostrárselo. A partir de entonces, cargó escondida en sus botas altas una pistola pequeñita que consiguió a cambio de un par de orgasmos, esperando pacientemente su oportunidad de ser usada. No tenía prisa, podría esperar años de ser necesario. La idea de la venganza le aportaba a su vida una sensación virtual de sentido. Además, no le preocupaba que la oportunidad no se diese, o que confundiese al asesino con algún inocente —«como si hubiese algún inocente en esta ciudad»—, conocía la mirada de los que requerían sus servicios y ese hombre la buscaría, tarde o temprano. Así funciona ananké. La vida es circular.
Y, efectivamente, la serpiente mordió su cola el 15 de abril. A pesar de haber aguardado el momento durante casi cuatro meses, no sacó la pistola hasta que se hubieron alejado bastante del lugar donde fue recogida. Con un movimiento demasiado veloz como para darle chance al asesino de que reaccionara, le clavó el cañón en la sien y le arrancó de la cintura el arma que llevaba. «Me vas a llevar a tu casa. Y reza por vivir acompañado. Si vives solo, te mueres tú», le dijo. El asesino no hizo preguntas y dirigió la camioneta hasta La Candelaria. Después de que pasaron frente a la esquina donde mataron a Bassil D’Costa, Alessandra le habló de nuevo: «Espero que este año nuevo te hayas echado una buena pea». El asesino, que no era bruto, entendió entonces. «A mí me mandaron a matarlo porque le debía un dinero al jefe», balbució, y por su manera de expresarse, Alessandra entendió que ese joven no era inculto y que posiblemente hubiese terminado enredado en el asunto porque, al igual que a su padre, su amor por Molly le había salido demasiado caro «Al jefe no le va a importar que yo me muera». Pero alguien tenía que pagar y Alessandra no estaba dispuesta a esperar más. Se le había agotado la paciencia. «En esta ciudad nadie es inocente». A la altura del Sambil de Bellas Artes, el asesino detuvo la camioneta. Alessandra estaba segura de que no vivía ahí, que estaba protegiendo a alguien, pero, en un arrebato de compasión, decidió cumplirle al asesino de su padre su último deseo y matarlo a él en lugar de a ese ser que protegía.

El patas blancas —que realizó todo el trayecto con ellos después de conseguir esconderse bajo los asientos traseros— sale de la camioneta justo antes de que Alessandra arranque y se vaya muy lejos de allí, dispuesta a no regresar jamás al escenario de su vendetta.
Vuela con tranquilidad, casi ajeno a todo lo ocurrido, y se posa aleatoriamente en una foto que se le había caído del bolsillo al asesino asesinado. El mosquito repite el movimiento que realizó momentos antes, ese que le hacía parecer poseedor de planes turbios.
En la foto se ve a una sonriente muchacha montada en la espalda del asesino asesinado, que también sonreía, incapaz en ese momento de predecir la manera en que terminarían sus días. La foto está llena de líneas de arrugas, prueba de la cantidad de tiempo que habían pasado de bolsillo en bolsillo. Aún se alcanza a leer, sin embargo, una pequeña dedicatoria escrita a mano con una preciosa caligrafía cursiva:
Para que me lleves siempre contigo.
                  Tu hermanita, Gabriela.

Guatire, abril de 2016.

domingo, 1 de mayo de 2016

La Isla

Me puse nostálgica hoy, así que he decidido subir el primer cuento "formal" que escribí, hace ya casi un año. Le tengo mucho cariño, tanto por haber sido el primero que escribí como por las circunstancias en las que lo hice.

Por cierto que releyéndolo lo encontré muy similar en forma a Cacería (http://palabrasdeapolo.blogspot.com/2016_03_01_archive.html), lo que me pareció divertido porque nunca se me ocurrió relacionarlos. Quizás ustedes sí lo hagan.


La Isla
Ella era una Isla. Cuando el nuevo Náufrago llegó, ya había otro habitándola. La estaba destrozando.
La Isla solía ser hermosa, con la arena blanca como las perlas, el mar turquesa como la piedra y calmo como el cielo, la vegetación de colores tan brillantes como el sol.
Al principio, el primer náufrago parecía ser el indicado, aquel que convertiría esa paradisíaca Isla virgen en una versión mejorada de sí misma, ideal, de fantasía. Por un tiempo, un tiempo precioso, la Isla y el náufrago vivieron en aquel sueño de felicidad y armonía.
Fue poco antes de que llegara el segundo Náufrago cuando la Isla despertó y abrió los ojos a la realidad, su opaca realidad. La arena de perlas parecía de tierra, el turquesa y calmo mar ahora era verde y tempestuoso, la vegetación hecha de luz se había convertido en oscuridad. Por eso, al principio, el instinto de la Isla fue desconfiar de la aparente bondad del segundo Náufrago. Y es que en silencio, casi en incógnito, en anónimo, el nuevo Náufrago empezó a pulir las perlas, a calmar las tempestades, a recuperar la luz. Y a la Isla le gustaba la manera en que lo hacía. Empezó a apreciar los cuidados, a admirar sus destrezas, a adorar sus obras mudas, hasta que se dio cuenta de que el primero debía irse. 
Lo echó con una ola gigantesca, tan grande y monstruosa que arrasó con parte de la labor que el segundo Náufrago había estado haciendo. 
Cuando el primero finalmente se fue, el segundo volvió a empezar con el trabajo. Paciente, dulce, dedicado, laborioso. Prontamente, la Isla recuperó su esplendor. Brillaba aún más.
La Isla supuso que el segundo Náufrago se quedaría con ella. La entendía, la apreciaba, la amaba. Era obvio, lógico, evidente. 
Pero el Náufrago no se quedó. 
Un día, cuando la Isla ya había decidido mantener al Náufrago con ella para siempre, un Barco apareció en las costas de turquesas. No era grande; era elegante, delicado, gracioso. La Isla no pudo evitar contemplarlo embelesada.
El Náufrago lo admiró también. 
El Barco atracó en la Isla e, inevitablemente, su belleza la embelleció. 
El hechizo pareció romperse. El Náufrago ya no le dedicaba a la Isla las mismas atenciones que le dedicaba antes. Ahora, el Barco ocupaba gran parte de su tiempo. Pero, por mucho que el Náufrago quisiera negarlo, la conexión entre él y la Isla seguía estando allí.
A pesar de que ella empezó a ensombrecerse poco a poco, había pequeños detalles del Náufrago que la hacían relucir, volver a la vida momentáneamente. Pero eran demasiado escasos, efímeros,
Finalmente, cuando a la Isla ya no le quedaban fuerzas para subsistir por sí misma, el Náufrago decidió que era momento de elegir.
–Te iras con él –Afirmó la Isla cuando el Náufrago le comunicó su determinación de decidir. 
–El Barco no necesita un náufrago –Intentó argumentar éste– Necesita un capitán.
Y tú estás dispuesto a convertirte en el suyo.
La Isla no necesitó confirmación para saber que había desnudado la verdad. El Náufrago y el Barco partieron juntos a la llegada de la etérea aurora de insomnio coral.
Durante lo que parecieron eones, la Isla vivió una tormenta eterna. Se recreó en su soledad y, en las escasas noches despejadas, se permitió reflexionar acerca de lo que significaba ser ella, hasta que entendió que la condena de la belleza es la incomprensión y la admiración silenciosa y distante. Sólo entonces la tormenta cesó y sus antiguos encantos reverdecieron de nuevo. Volvió a ser hermosa, pero distinta, más adusta, menos brillante.
No llegaron más náufragos a sus tierras, pero sí tuvo muchos visitantes que la contemplaron brevemente, como quien admira un cuadro o un poema. Ninguno consideró siquiera quedarse.
Fue durante un amanecer opalino, cuando a la Isla ya le gustaba su estado de perenne soledad introvertida, que el Náufrago regresó. Estaba mayor, más delgado, su rostro demacrado, sus ojos más sabios. De alguna manera, más hermoso. Al igual que la Isla, había soportado tormentas eternas que, al final, resultaron no serlo.
La Isla demostró su sorpresa de un modo algo dramático; hacía mucho tiempo que ya no se acordaba de lo que era sentir y fue más la emoción de sorprenderse que la aparición del Náufrago lo que la sacudió con la fuerza de un maremoto.
–No soy un capitán –Soltó el Náufrago, nada más llegar– Estando ya en alta mar, me di cuenta de que no podía capitanear nada porque yo mismo necesitaba quien me guiara. El Barco se convirtió en esa guía ansiada y prometió llevarme a dónde pertenecen los náufragos: las islas. Aporté en muchas, pero a ninguna embellecí como a ti, ninguna me embelleció como tú.
Y nada podría devolverle la pureza inicial al corazón de la Isla, ni eliminar las jornadas errantes del alma del Náufrago, pero en ese instante, juntos, fueron eternos.

Guatire, 5 de junio de 2015

domingo, 24 de abril de 2016

Del sol y las flores

Del sol y las flores
            Llevábamos varios meses viviendo en Madrid cuando nos fuimos de España. A los ocho años, mi hogar era una cama de colchón raído que compartía con mi madre, situada en una habitación a la que sólo podía accederse empujando una librera. Para mí era toda una aventura: sentía que vivía en un fuerte que me ocultaba de una guerra y todos los días me gustaba imaginarme soldados con fusiles pasando frente a la librera sin detenerse si quiera a contemplarla.
            Nuestro viaje ocurrió en mayo de 1940. El día que mi madre me comunicó que nos íbamos, ella había estado fuera del fuerte todo el día, cosa que casi nunca ocurría. Estaba dibujando flores rojas y un sol amarillo cuando regresó conmigo. Alabó mi dibujo y le pregunté si así se veía el sol hoy. Me dijo que no lo sabía, pero que pronto podría comprobarlo yo misma, porque abandonaríamos el fuerte. Le pregunté si los soldados ya no cargaban fusiles y me contestó que, al contrario, los soldados habían empezado a detenerse en la librera. Mi madre me seguía el juego de mucho agrado: evitaba demasiadas preguntas.
            Nunca conocí la identidad de la dueña del fuerte y sólo le vi el rostro dos veces: el día que llegamos desde Barcelona y el día del viaje, apenas una semana después de la conversación con mi madre. Ese día, para mi madre y para mí amaneció en la noche. Ella ya había organizado muy bien nuestras pocas cosas en un baúl y me había dejado fuera los lápices de colores y el cuaderno para que dibujes las flores de nuestro viaje. Recuerdo que las piernas me dolieron cuando bajaba las escaleras del edificio; sentía que las estaba moviendo por primera vez. Mi madre y yo nos montamos juntas en el asiento trasero de un coche que nos esperaba en la avenida y nos fuimos sin que pudiese contemplar ni una sola vez el sol de Madrid.
            La ciudad había desaparecido cuando abrí los ojos de nuevo. Tuve que cerrarlos de inmediato porque la luz me penetraba las pupilas. Me encontraba muy rara. Desconocía la sensación del sol reflejándose en mi piel, ese calor picante en mis brazos, el verme bañada por tanta luminosidad y ver a mi madre resplandeciendo también. Pero lo que más desconocía no era ese sol que llevaba meses dibujando en mis recuerdos, sino la sonrisa de mi madre, que iluminaba más que la estrella. Me tenía estrechada entre sus brazos a pesar de estar sudando y no podía dejar de darme besos en las mejillas, esas que me decía todo el tiempo le recordaban tanto a mi padre. La dibujé a ella pensando en él y en como su voz contándome algún cuento antes de dormir se me hacía tan lejana como los cañonazos que solía escuchar todos los días en mi casa en Barcelona. Le pregunté entonces a mi madre si ese era el destino del viaje, volver a casa con mi padre, y ella me respondió que el destino de algunos viajes es simplemente viajar. La respuesta debió satisfacerme, porque no indagué más en los motivos. Mientras el coche siguió rodando por esas carreteras anónimas, mi única preocupación fue que los baches no arruinaran mis dibujos.
            Al medio día nos detuvimos en una granja y pude verle entonces el rostro al conductor. Me lancé a sus brazos de inmediato: esos ojos del verde de las aceitunas que me traía mi papá para merendar sólo podían pertenecer a mi tío, que realmente no era mi tío, era el mejor amigo de mi madre. Pero, a esa edad, esa clase de matices carecen de importancia. Lo único que me importaba era lo mucho que lo quería y extrañaba: había dejado de verlo cuando nos fuimos de Barcelona. Le mostré mis dibujos y me dijo que había sido demasiado generosa con mi madre. Le respondí entre risas que el sol la dibujaba solo. Me senté en el pasto después de almorzar y observé a mi madre y a mi tío discutir con un objeto metálico en mano, parecía un arma. Me pregunté si mi tío sería un soldado. Al cabo de un rato, se abrazaron y regresaron conmigo. Nos montamos en el coche y continuó el camino, pero ya no dibujé más.
            Me faltaron colores para el atardecer. Naranja, rosa y amarillo se me hacían insuficientes. Me quejé con mi madre y entre risas me dijo que el hombre hace lo que puede frente a la naturaleza. Yo le dije que no entendía que tenía eso que ver, que yo lo que quería era más colores para pintar mejores atardeceres y ella me prometió entonces que los conseguiríamos en Portugal. Me enteré así de nuestro destino y aún hoy me pregunto si se refería a los colores o a los atardeceres. Ojalá estuviera ella viva para contestármelo.  
            Unos soldados nos detuvieron de repente. Mi tío frenó con naturalidad, como si se lo estuviera esperando. Los saludó en una lengua rara y les extendió unos papeles. Los miraron, se miraron y nos miraron. Mi tío se puso nervioso entonces, lo supe porque sus dedos tamborileaban sobre el volante. Torció el cuello y compartió media mirada con mi madre, que se había quedado estática. Los soldados nos pidieron entonces que nos bajáramos del coche y mi tío aceleró. Escuché cañonazos y pensé que mi mamá me había mentido para sorprenderme: habíamos regresado a Barcelona para ver a mi padre. Pero de lo siguiente que me acuerdo es de la mirada de aceitunas de mi tío viéndome desde arriba, inclinado sobre mi cama y resplandeciendo de una luz blanca que no era el sol y que no dejaba espacio a las sombras. El sol ya no brillaba porque mi madre ya no estaba. Y allí terminó mi viaje: había llegado a mi destino y, oficialmente, me había convertido en extranjera.
Guatire, 01 abril de 2016