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sábado, 16 de julio de 2016

Monólogo de Odiseo

Hace tiempo que quería publicar este monólogo, que escribí originalmente para mi clase de Literatura y Vida durante mi primer semestre en la escuela de Letras. Hoy veo muchas cosas en él que no veía cuando lo escribí, hace ya un año. Este es un Odiseo al que enfrenté, casi sin querer, con el absurdo Camusiano. No me imagino realizando hoy semejante experimento, lo que definitivamente me hace agradecer haberlo hecho accidentalmente. Creo que así, por accidente, es que nacen algunas de las mejores cosas de este mundo. Pero juzguen ustedes.


Monólogo de Odiseo
–Esto que voy a contarte, amigo mío, ¡ay, amigo mío! lo llevo enterrado muy profundo en el alma. Y es que ya no sé quién soy, no sé si soy esta vergüenza, estas errancias, estas imprudencias. Me he perdido, me he perdido en los mares de mi inconsciente. Y me estoy ahogando. Poseidón no me deja respirar. Estoy tratando de refrenarlo, pero es imposible. Me lo he buscado. Este peso sobre mis hombros, estas rodillas débiles, estas alas rotas, me las he buscado yo y nada más que yo. Tengo que sacármelo, así que por favor, escúchame. Tú, que no has caminado conmigo a través de mis desaciertos, tú, juez imparcial, escúchame. Nix y yo nos hemos hecho cercanos amigos, mucho más de lo que alguna vez pude haber imaginado. Y es que estas viejas jornadas me están alejando de Hipnos, cuyo rostro ya no podría reproducir si eso me pidieras. Lo he olvidado, lo he olvidado en beneficio de mis días pasados. Me asedia, sobre todo, el fantasma de aquella diosa, en la mitad de mi viaje. Una diosa de cabello azafrán, piel de perlas y ojos uránicos. La primera vez que vi su rostro infinito sentí estar observando todas las verdades del universo en el contraste perfecto del día y la noche que era ella. Se me reveló la verdad, y la verdad resultó ser el misterio del pasado. La memoria, la capacidad de recordar, de aprender de nuestros fallos y aciertos para construir nuestro futuro es lo que nos hace humanos. Eso, aunado, por supuesto, a las emociones. Y emociones muy fuertes experimenté en el lecho que compartimos durante incontables lunas. No te voy a mentir: no estaba buscándola cuando la encontré. La encontré sin esperarla, sin si quiera quererla, porque un dios me dijo que encontrarla sería la única manera que tendría de volver a mi hogar. ¿Por qué será, amigo mío, ¡ay, amigo mío!, que para volver a Ítaca, a los brazos de mi adorada Penélope, he tenido que pasar antes por los brazos de ella? No sé cómo llamar al año fugaz que pasé a su vera. ¿Prueba? ¿Fue una prueba para mí, o para ella? ¿Tenía yo algo en mi interior que ella necesitaba, aunque no pudiera quedarme? A lo mejor ella necesitaba de mi pasado para empezar a vivir y dejar de existir. Quizá, creo, estoy casi seguro, de hecho, de que cambié su esencia. Su hostilidad, su agresividad, ahora amabilidad y hospitalidad. Torné su oscuridad en luz. ¿Se vale decirlo, o suena muy pretencioso? ¿Tú que piensas? La verdad yo no lo sé, pero lo que sé es que cuando llegué a su isla me engulló la oscuridad, y cuando salí me liberó la luz. De bruja a mujer, de inmortal a mortal. Pero es mentira esto que digo, ahora lo veo. Yo no la cambié, yo sólo la ayudé a reconocerse. Porque ella es como esa flor que me dio Hermes para neutralizar su magia: blanca y negra. Y va más allá de lo que ya te dije antes, del día y la noche en su cuerpo. Lo que eres es lo que te neutraliza, y ella es sabia, pero también siente. Y a mí me regaló ambas cosas, sus saberes y sus sentires, porque la ayudé con lo segundo. Te quito, pero te doy. ¿Lo ves, me sigues? Te encuentras cuando no te estás buscando. Mi plan, siguiendo los consejos del dios, simplemente era recuperar a mis hombres, seres de raciocinio convertidos por ella en seres irracionales. Pero, ¿que saben los sentimientos de razones, amigo mío? Sólo alguien como ella podría compaginar ambos términos sin crear un enorme disparate. Y así me lo demostró al despedirme, a orillas del mar, negro vestido, negro velo, negro pelo, blanca piel. No puso reticencias en que me fuera, pero le guardaba luto a mi partida. Sabe que el mejor amor no siempre es el que más dura, sabe que amar tiene que ver con la intensidad de tu entrega. Y sabe también que, a veces, por mucho que lo desees, no todos pueden quedarse. Sabe que algunos sentimientos son tan intensos que, aunque no parezcan estar, realmente siempre están. Sabe que esa clase de sentimientos son tan indestructibles que pueden convivir con la llegada de unos nuevos sin que esto le quite validez ni a los unos ni a los otros. Y sé que lo sabe porque sabía quién era yo y sabía de mi Penélope. ¿Cómo no rendirte a sus pies, amigo mío? ¡Ay, amigo mío! ¿No es una maravilla? Una maravilla, pero no una maravilla natural: una maravilla mágica, imposible. Estamos acostumbrados a asociar la belleza con la naturaleza, pero ella me demostró que algunos misterios son más hermosos que las verdades que encierran. ¿Qué me importaba saber a mí, amigo mío, cuál era su verdad cuando su misterio era tal? Espera, ya continúo, disculpa mi interrupción. Pero he recordado una vaga reflexión que cruzó por mi mente mientras la veía por última vez, en aquel vestido de oscuridad del que te hablé. Recuerdo haber pensado en la relatividad inmanente de la belleza y el tiempo. Ella no se parece en nada a mi Penélope, pero a pesar de que una es inmortal y la otra mortal, las considero a ambas increíblemente hermosas: una todo enigma, la otra toda transparencia. Lo mismo el tiempo, pues mientras un solo año en Troya me parecía eterno, un  año a su lado me ha parecido tan efímero como el revoloteo de alas de una mariposa. Comparo el misterio de la belleza y el tiempo con el misterio de la luz y la oscuridad que ella encarna. Y ahora que te he dicho esto, entiendo que mis anhelos son infundados. Jamás podré entenderla, porque la comprensión de lo que no es natural va mucho más allá de la capacidad de entendimiento de los mortales. ¡Y eso soy, amigo mío! ¡Ay, amigo mío! Un mortal y nada más que un mortal. ¿Será por eso que tuvimos que compartir esas noches de primavera? Cualquiera que la observa, que la escucha, que la vea, que se funda con ella, entenderá lo insignificante que es su vida realmente. No sé en qué momento lo supe yo. No sé siquiera si lo sabía antes de decírtelo. Pero soy consciente ahora, de que así como la enfrenté a su esencia completa, ella me enfrentó a la mía: la mortalidad. Que he muerto dos veces, me dijo. No sé si logro comprenderlo (como ya te dije, es una quimera aspirar a tal y tiránica tarea. Un mortal, entendiendo a una diosa ¡ja!), pero lo que sí sé es que la consciencia de que voy a morir me estaba matando. No quería enfrentarme conmigo mismo, con tantos días perdidos, con tantas ideas desengañadas. Ahora comprendo que mi más grande hazaña no fue haber participado y ayudado a ganar la guerra contra los teucros, ni haber salido airoso de mis insensateces, vez tras vez. Mi mayor hazaña es ésta, descubrir y aceptar mi verdad, mi realidad. Gracias, amigo mío, porque estas lastimeras lágrimas que he derramado mientras te hablaba no las derramaré de nuevo. Mis próximos llantos no serán de aceptación, quizá de nostalgia, pero ahora que me he confesado contigo, no volveré a penar al admitir que mi nombre es Odiseo y soy un náufrago.


Lo que el desgraciado de Odiseo, el Náufrago, no sabía, es que eso que lo hizo mortal sería, indirectamente, lo que lo mataría: el fruto del amor entre la naturaleza y lo antinatural sólo puede ser la muerte.

Guatire, 01 de agosto de 2015

domingo, 1 de mayo de 2016

La Isla

Me puse nostálgica hoy, así que he decidido subir el primer cuento "formal" que escribí, hace ya casi un año. Le tengo mucho cariño, tanto por haber sido el primero que escribí como por las circunstancias en las que lo hice.

Por cierto que releyéndolo lo encontré muy similar en forma a Cacería (http://palabrasdeapolo.blogspot.com/2016_03_01_archive.html), lo que me pareció divertido porque nunca se me ocurrió relacionarlos. Quizás ustedes sí lo hagan.


La Isla
Ella era una Isla. Cuando el nuevo Náufrago llegó, ya había otro habitándola. La estaba destrozando.
La Isla solía ser hermosa, con la arena blanca como las perlas, el mar turquesa como la piedra y calmo como el cielo, la vegetación de colores tan brillantes como el sol.
Al principio, el primer náufrago parecía ser el indicado, aquel que convertiría esa paradisíaca Isla virgen en una versión mejorada de sí misma, ideal, de fantasía. Por un tiempo, un tiempo precioso, la Isla y el náufrago vivieron en aquel sueño de felicidad y armonía.
Fue poco antes de que llegara el segundo Náufrago cuando la Isla despertó y abrió los ojos a la realidad, su opaca realidad. La arena de perlas parecía de tierra, el turquesa y calmo mar ahora era verde y tempestuoso, la vegetación hecha de luz se había convertido en oscuridad. Por eso, al principio, el instinto de la Isla fue desconfiar de la aparente bondad del segundo Náufrago. Y es que en silencio, casi en incógnito, en anónimo, el nuevo Náufrago empezó a pulir las perlas, a calmar las tempestades, a recuperar la luz. Y a la Isla le gustaba la manera en que lo hacía. Empezó a apreciar los cuidados, a admirar sus destrezas, a adorar sus obras mudas, hasta que se dio cuenta de que el primero debía irse. 
Lo echó con una ola gigantesca, tan grande y monstruosa que arrasó con parte de la labor que el segundo Náufrago había estado haciendo. 
Cuando el primero finalmente se fue, el segundo volvió a empezar con el trabajo. Paciente, dulce, dedicado, laborioso. Prontamente, la Isla recuperó su esplendor. Brillaba aún más.
La Isla supuso que el segundo Náufrago se quedaría con ella. La entendía, la apreciaba, la amaba. Era obvio, lógico, evidente. 
Pero el Náufrago no se quedó. 
Un día, cuando la Isla ya había decidido mantener al Náufrago con ella para siempre, un Barco apareció en las costas de turquesas. No era grande; era elegante, delicado, gracioso. La Isla no pudo evitar contemplarlo embelesada.
El Náufrago lo admiró también. 
El Barco atracó en la Isla e, inevitablemente, su belleza la embelleció. 
El hechizo pareció romperse. El Náufrago ya no le dedicaba a la Isla las mismas atenciones que le dedicaba antes. Ahora, el Barco ocupaba gran parte de su tiempo. Pero, por mucho que el Náufrago quisiera negarlo, la conexión entre él y la Isla seguía estando allí.
A pesar de que ella empezó a ensombrecerse poco a poco, había pequeños detalles del Náufrago que la hacían relucir, volver a la vida momentáneamente. Pero eran demasiado escasos, efímeros,
Finalmente, cuando a la Isla ya no le quedaban fuerzas para subsistir por sí misma, el Náufrago decidió que era momento de elegir.
–Te iras con él –Afirmó la Isla cuando el Náufrago le comunicó su determinación de decidir. 
–El Barco no necesita un náufrago –Intentó argumentar éste– Necesita un capitán.
–Y tú estás dispuesto a convertirte en el suyo.
La Isla no necesitó confirmación para saber que había desnudado la verdad. El Náufrago y el Barco partieron juntos a la llegada de la etérea aurora de insomnio coral.
Durante lo que parecieron eones, la Isla vivió una tormenta eterna. Se recreó en su soledad y, en las escasas noches despejadas, se permitió reflexionar acerca de lo que significaba ser ella, hasta que entendió que la condena de la belleza es la incomprensión y la admiración silenciosa y distante. Sólo entonces la tormenta cesó y sus antiguos encantos reverdecieron de nuevo. Volvió a ser hermosa, pero distinta, más adusta, menos brillante.
No llegaron más náufragos a sus tierras, pero sí tuvo muchos visitantes que la contemplaron brevemente, como quien admira un cuadro o un poema. Ninguno consideró siquiera quedarse.
Fue durante un amanecer opalino, cuando a la Isla ya le gustaba su estado de perenne soledad introvertida, que el Náufrago regresó. Estaba mayor, más delgado, su rostro demacrado, sus ojos más sabios. De alguna manera, más hermoso. Al igual que la Isla, había soportado tormentas eternas que, al final, resultaron no serlo.
La Isla demostró su sorpresa de un modo algo dramático; hacía mucho tiempo que ya no se acordaba de lo que era sentir y fue más la emoción de sorprenderse que la aparición del Náufrago lo que la sacudió con la fuerza de un maremoto.
–No soy un capitán –Soltó el Náufrago, nada más llegar– Estando ya en alta mar, me di cuenta de que no podía capitanear nada porque yo mismo necesitaba quien me guiara. El Barco se convirtió en esa guía ansiada y prometió llevarme a dónde pertenecen los náufragos: las islas. Aporté en muchas, pero a ninguna embellecí como a ti, ninguna me embelleció como tú.
Y nada podría devolverle la pureza inicial al corazón de la Isla, ni eliminar las jornadas errantes del alma del Náufrago, pero en ese instante, juntos, fueron eternos.

Guatire, 5 de junio de 2015

domingo, 17 de abril de 2016

Irrevocable

Etiquetando esto me di cuenta de que tengo un gran conflicto con la poesía en prosa, porque la considero poesía y narrativa a la vez, a pesar de que estos géneros suelen clasificarse de opuestos. Y quizá me falte conocimiento de este género, o quizá tenga razón al pensar que las fronteras de los géneros están bastante difuminadas hoy en día. De todos modos no hay una manera correcta de leer, así que juzguen ustedes este texto como quieran. 

Irrevocable

Aún recuerdo el día en el que me di cuenta de que esto era irrevocable. Irrevocable. La sola palabra me hace temblar, por eso la conecto con ese instante, porque fue como un estremecimiento, y no uno completamente placentero. Quiero decir, sí lo fue, por supuesto, pero no sólo placentero. Placentero mezclado con algo más, un sentimiento indómito cuyo nombre no consigo en mi imaginario. Irrevocable y no irreversible, por cierto, porque asocio lo irreversible a ciertas tendencias que no me causan estremecimientos sino escalofríos, esos que me recorren la espina como latigazos de hielo, sin piedad, sin compasión. Y aquel momento no fue frío, no fue impío, no fue despiadado. Fue aterrador, sí, aterrador como lanzarme en paracaídas sin conocer el destino de aterrizaje, pero viéndome obligada a lanzarme porque si no me quedaría condenada a dar vueltas sin fin en un avión que carecía de porvenir. Debería preguntarme si desconocer donde posaría mis pies no es un poco estar sin porvenir también, pero al menos en ese caso sabía que abordaría en algún nuevo paraje, aunque fuese uno cuyo mapa no tenía —lo tenías tú y no estaba segura si lo compartirías conmigo. Pero que absurdo es tratar de buscar una justificación a mi salto, al final nunca hay un motivo para saltar, al menos yo nunca lo tengo. Salto porque mi corazón se acelera, mis pulmones se llenan de un aire pesado y las manos me tiemblan. Salto porque mis pies deciden saltar por mí. Salto porque la única señal que recibo de mi cerebro son los impulsos que me mueven a hacerlo. Y podría ser que ese fuera mi problema, pero cualquier razón lógica para saltar me parece ridícula, incluyendo las que yo misma acabo de dar. En fin no te puedo ofrecer explicaciones, ni a ti ni a nadie, así que espero que no las precises —yo no suelo precisarlas. Lo importante es que salté, aunque realmente no podría no haber saltado. Estaba obligada a hacerlo. Y fue irrevocable en el momento que lo hice. Algunos saltos tienen vuelta atrás —me he vuelto a subir a unos cuantos aviones—, pero este no era uno de esos. Lloré durante toda la caída. Había pasado demasiado tiempo de pie frente a la puerta abierta del avión, resistiéndome a dar un paso adelante. Me negaba a lanzarme porque esa no era la primera vez que me lanzaba. En todas esas veces anteriores, la pista de aterrizaje era un campo primaveral cubierto de flores como joyas y un sol que brillaba sin quemarme. Pero eventualmente el paisaje se tornaba hostil y tenía que escribir señales de auxilio con mi sangre para que el avión me recogiera. Mi llanto cesó cuando aterricé y te vi con el mapa en manos. Estábamos en la orilla de un mar de agua cristalina y olas picadas, de arenas claras y pequeños erizos. El sol brillaba fuerte y me quemaba un poco, pero me arrimaste a las sombras de una palmera de hojas amplias. Lo supe entonces, que el avión no vendría a por mí otra vez. Que iba a ser una travesía traicionera y peligrosa. Que íbamos a tener que andar con los ojos bien abiertos para no trastabillar. Que a veces tendríamos que agarrar con fuerza al otro para que no desfalleciera. Y lo supe, que era irrevocable. Y, por primera vez, no deseaba lo contrario.

Caracas, 15 de abril de 2016

sábado, 9 de abril de 2016

Au revoir, petite Amarie

Un cuento, una carta, un poema en prosa o un montón de palabras unidas en un único párrafo. No lo sé. Las barreras de los géneros no son siempre tan claras y a veces es divertido jugar con ellas, experimentar a ver que sale. Y esto salió:

Au revoir, petite Amarie
Mi recuerdo más antiguo de ti, Amarie, es de cuando teníamos ocho años. Estábamos en el patio de aquel primer albergue, ese que terminó destruido en manos de un incendio voraz provocado por una vela y una monja descuidada. Y aunque a sol de hoy la mayoría de imágenes de esa época se mezclan en mi memoria con fuego, humo y ardor, ese día en específico está puro, limpio de cualquier contaminación. Llevabas tus hebras de oro trenzadas a ambos lados de tu rostro, tus ojos de zafiro relucían en diversión, tus dulces labios se curvaban en una sonrisa. Te vestía el rosa de un vestido viejo, el negro de unas medias gastadas y el marrón de un abrigo remendado más de una vez. Tenías la vista perdida en el cielo inmenso, le sonreías a los primeros copos de nieve que veías caer en tu vida. Te pensabas sola, no tenías idea de que te observaba escondido detrás de unos barriles vacíos, al otro lado del patio. No te había visto antes, eras nueva, pero tampoco me faltó verte una vez más para caer rendido a tus pies, maravillado por toda la belleza que se encerraba en aquel pequeño cuerpo. Pasé semanas y semanas de pena inconfesable, queriendo hablarte, pensándote dormido, pero me ganó la cobardía. No lo hice, no te hablé, y unos meses más tarde, el edificio se consumió en llamas. Nos separamos entonces, y aunque no me conocías, aunque realmente yo tampoco te conocía, no te olvidé. Te llevé en el subconsciente durante toda mi adolescencia, buscándote errantemente en todas las chicas que parecían demostrar un mínimo de interés en mí. Viví de albergue en albergue hasta que cumplí dieciocho, cuando el anciano dueño de la zapatería más popular del barrio en el que había pasado los últimos seis años pareció apiadarse de mí y me acogió como aprendiz. Descubrí un talento inesperado y me convertí en un zapatero bastante más exitoso de lo que alguna vez planeé. El señor Ferdinard murió tres años después y me legó su negocio. No sé cómo me las arreglé para que no quebrara, no llevo la cuenta de los malabares interminables que tuve que hacer, pero lo conseguí. Para esa época, Amarie, ya no existías en mi consciente. Mi fracaso en el ámbito amoroso me llevó, de hecho, a desterrar a cualquier mujer de mis sueños realistas. Fue entonces cuando te volví a ver. Y aunque ya habían pasado incontables años desde la última vez que te dediqué un pensamiento intencionado, te reconocí. Las mismas hebras de oro, esta vez sueltas en tu espalda, los mismos ojos de zafiros, reluciendo con más trabajo, los mismos labios dulces, curvados ahora con una ligera timidez que tu versión infantil desconocía. Te vestía el blanco de un vestido de encaje, el azul marino de unas medias en buenas condiciones y el caramelo de un abrigo de paño. Tenías la vista fija en el negocio que estaba frente al mío, le sonreías a una pastelería coqueta de esas que hay por montones en el centro de París. Pero esa no era cualquier pastelería, era tú pastelería, la que habías comprado con el trabajo de una vida entera y los pocos ahorros que tu querida madre te dejó al morir de tifus. Reconocí tu regreso como una nueva oportunidad que el universo me estaba regalando para acercarme a ti, así que me tragué la pena inconfesable y, al día siguiente, decidí convertirme en tu primer cliente. Esto ya debes recordarlo, nuestra historia juntos empezó con ese golpe inusitado de valentía. Me invitaste a un café y unas pastas de «primer cliente» y me hablaste de tu vida, de cómo pasaste por un par de albergues más, de la primera familia abusiva que te acogió, del hombre que trató de secuestrarte y de la anciana solitaria que decidió que serías una buena compañía en sus últimos días de vida. Viviste con ella durante seis años, hasta que finalmente falleció. No era una mujer adinerada, no tenía más que la pequeña casita que compartían en Cannes, pero no habías dejado de trabajar un solo día de tu vida y un par de joyas de valor sí que te sirvieron para completar lo que te faltaba para la pastelería. Lo que más me impresionó de ti, Amarie, fue tu política de sonrisa irrompible. Me dijiste que te permitías llorar por las noches con la condición de levantarte sonriendo al día siguiente, porque estabas viva y sana, y eso era más de lo que muchas personas, tu querida madre sin ir más lejos, tenían. Comencé a cruzar la calle todos los días después de cerrar y nuestras charlas se volvieron más y más personales, hasta que derivaron en un inevitable beso, que derivó en una inevitable cita, que derivó en una inevitable noche juntos. Tantos días de trabajo, tantas tardes grises, tantas noches de desesperanza por fin tenían su recompensa. La vida no te hace sufrir en vano, me dijiste. Y te creí. Por eso compré el anillo que planeaba entregarte hoy, por eso escribo las palabras que planeaba decirte para pedirte que unieras tu alma con la mía para siempre. Pero cuando regresé de la joyería, lo único que encontré fue fuego, humo, ardor y tu cuerpo sin vida en medio de los escombros y las cenizas de lo que alguna vez fue tú pastelería. Lo supe entonces, Amarie, que tú no tenías razón, que a veces la vida simplemente es dura por serlo, que a veces el sufrimiento es en vano y las lágrimas se secan sin motivo. Te fuiste sin recompensa y el mundo siguió girando. No se detuvo. No hubo más que una reseña en el periódico hablando del incendio, un par de coronas de flores de clientes fieles y los murmullos de las señoras acerca de tu juventud, de tu belleza y de cómo tenías toda la vida por delante. Y ya está. Te enterraron, te olvidaron. Tu paso por el mundo se redujo a una lápida con tu nombre grabado. ¿Qué sentido tiene, Amarie, que siga yo aquí cuando sólo
vivía en ti? Cierto es que aún estás viva, cierto es que me convertiré en tu asesino esta noche, perdóname por eso. Pero es que ya he muerto. Adiós, pequeña Amarie.

Guatire, 24 de octubre de 2015

martes, 22 de marzo de 2016

Cacería

Inseguridad, inseguridad. 

No se me había pasado por la mente que publicar alguno de mis textos iba a causarme tanta inseguridad como crear el blog mismo. Supongo que se trata de exponerse y ser consciente de que estás dándole al mundo —mundo, vaya con mi ego— todas las herramientas para que te juzguen y señalen con el dedo.

Inseguridad, inseguridad.

Hay que vencerla, como todos los miedos. Así que voy a echarme una mano a mí misma y empezaré publicando algo que ya publiqué en la revista Canibalismos: Cacería. Ojalá que lo disfruten (aquí les dejó el link de la publicación original https://issuu.com/canibalismosletras/docs/canibalismos__tomo_6_.).

Cacería
Era nueva en la cacería cuando lo conocí. Lo vi tan bello, tan brillante, tan perfecto, que no dudé en acercarme a él. Pude notar su interés en mí, en una pequeña criatura indefensa, gris, opaca e inocente. Una pequeña criatura cegada por la luminiscencia de aquel espécimen maravilloso que, por alguna razón que no podía explicarme, se abría camino hacia mí, ignorando otros seres indudablemente más llamativos. Me regaló sus colores, me habló de sus experiencias, me prometió que a su lado, no tendría nada que temer: él no era como los otros cazadores, él era un cazador bueno. Aunque según él yo era una presa fácil, jamás sería capturada si permanecía a su lado. Seguridad, certeza, firmeza. Demasiado tentador, apetecible, irrechazable.
Al principio estaba segura de haber tomado la decisión correcta al entregarle mi confianza. Todo iba según sus planes: me sentía invencible, impoluta, virtuosa. Cuando ya me había convertido en la mejor versión de mí misma que había existido jamás, empezó a devorarme. Sentí cada mordisco arrancándome, poco a poco, partes de mi alma. Calmó mi desesperación con palabras vacuas, es normal, está bien, siempre es así. Y estaba tan seducida que quise creerle, me obligué a creerle. Me convencí a mí misma de que las únicas verdades que existían eran las suyas y que, a fin de cuentas, yo seguía siendo una presa fácil y él un cazador bueno.
El tiempo pasó y el cansancio aumentó. Él estaba cada vez más hinchado y yo cada vez más vacía. Me había convertido en un rompecabezas cuya imagen original era imposible de definir por la cantidad de piezas faltantes. Se tragó entonces el último pedazo, y con él lo que me quedaba de vida. Cuando yo ya no era más que un ser que existía sin razón, vomitó. Y entonces la vi, a mi alma, las piezas del rompecabezas esparcidas a mí alrededor, y a él como lo que de verdad era, un cazador despiadado. Entonces fui consciente de todo lo que había sucedido desde el principio, comprendí las mentiras, los engaños, y lancé mis garras a su cuello, dispuesta a devorarlo, a demostrarle que la presa se había convertido en cazadora. Pero no lo hice.
Me detuve en el preciso instante en el que asimilé que no existen presas ni cazadores, que no somos más que depredadores, que esto es un juego de roles y que de ti depende decidir cuál papel eliges. Le sonreí, agradecida, y, sola, rearmé mi rompecabezas.
Te vi entonces. Tú también me viste. Deseé que me devoraras, tú también lo deseaste. Me volviste a ver y, nuevamente, me lancé a la cacería.
Guatire, 4 de octubre de 2015



domingo, 20 de marzo de 2016

Hola.

Podría empezar diciendo algo cliché como que estoy muy emocionada con este nuevo proyecto o cosas de esa índole. O contando por qué decidí crear un blog, o por qué lo llamé como lo llamé —esa es una historia intersante, quizás para otro momento—, podría incluso hablar sobre mí. Pero, honestamente, este blog no se trata de mí, sino de mis palabras —que no son tan mías porque, bueno, son de Apolo—, de mis versos y mis prosas, de mis relatos y mis poemas, al menos por ahora. Habrá que ver si esto crece, aunque no sé que es esto exactamente. Ni tampoco a quien le hablo, si es que le hablo a alguien, alguien que no sea esta virtual hoja en blanco. Es extraña la sensación de escribir esto, es como hablarle a todo el mundo y no hablarle a nadie al mismo tiempo. Como dialogar sin respuesta, pero esperando una.

Vale, vale, ya sé, he terminado por desviarme y no sé ya ni lo que escribo, así que mejor dejamos esto —otra vez la condenada palabra— hasta aquí. 

Pues nada, gracias, persona anónima, por pasarte por mi blog. Ojalá no pienses que estoy loca.

Hasta luego,

Danny.