domingo, 28 de mayo de 2017

Sobre las guerras desde la guerra





Abuela, abuelo: hoy los entiendo un poquito más. No sólo inmigrantes españoles, algo más: exiliados, casi a la fuerza, por la guerra, por el dolor. Me encantaría poder abrazarlos  y decirles: yo entiendo. Pero no puedo. Y es casi un chiste cósmico, esto de los ciclos. Nadie se está riendo, pero casi, casi, me alegra que no tengan que ser partícipes de esta barbarie, de este chiste del que nadie se ríe, otra vez.


I.
En las guerras en realidad hay un sólo bando: el dolor. Y la sangre no es roja o azul porque siempre es igual: negra. Quizás es por eso es que algunos no la ven o se empeñan en no verla: se confunde con el pavimento mojado o con la oscuridad de los que la derraman o con el sol que ya no sale.


II.
En las guerras a veces uno amanece acordándose del pasado. Y hay días en los que uno se aferra a esos otros días y ve con cariño aquellos terrores que vivió en soledad. Porque vivir una tragedia privada es más fácil que vivir una pública. A dónde te escapas en dónde te escondes en quién te refugias si hay un sólo bando y es el dolor y hay un sólo color y es el negro.


III.
En las guerras uno entiende realmente el significado del hoy y de la belleza. Antes uno pensaba que lo sabía pero de pronto se da cuenta de que todo lo que creía que sabía es un borrón. Uno aprende el valor del hoy cuando no tiene más opciones que vivir en él y uno aprende el valor de la belleza cuando no la encuentra y se obliga a buscarla porque sin ella no puede vivir en el hoy porque todo es pasado. Y te arrastra.


IV.
En las guerras a uno le da por cantar todas las canciones que le recuerdan a otros dolores. De hecho, uno se empeña en reabrir las heridas y sangrarlas de nuevo y ver un color que no sea negro y sentir un dolor que no sea el de una tierra. Es más cómodo sufrir como un desterrado. Y es que esas heridas de otros días te recuerdan que es posible cicatrizar el sufrimiento y dejar de llorar y uno se tiene que aferrar a algo porque si no es imposible vivir en el hoy y buscar la belleza. Pero cómo vives en el hoy aferrándote a que el pasado ya es pasado y que alguna vez viste la belleza. Cómo.

V.
En las guerras uno se ve tentado a refugiarse a lo banal, porque te tienes que aferrar a algo y aferrarte al pasado es muy complejo. En lo banal no piensas y si no piensas no sientes y no ves la sangre negra ni el sol que ya no sale y no te importa que Helena se haya exiliado. Pero te tiene que importar y tienes que obligar a Helena a volver y gritarle: yo sé que es más fácil vivir el dolor como extranjero pero te necesito aquí para que le des colores a la sangre y alumbres el sol y no permitas que la oscuridad marchite las flores y porque sin ti me tengo que aferrar al pasado o a lo banal y si me aferro al pasado no vivo el hoy y si me aferro a lo banal no te busco.


VI.
En las guerras uno tiene que acordarse de los motivos por los que luchaba antes. Jamás volverás a ser esa persona que luchaba por esas otras cosas pero esta persona nueva que eres puede apropiarse de esas causas antiguas. Esta nueva persona ve todo aquello con unos ojos nuevos y puede decidir deshacerse de lo que era banal y seguir luchando por lo que de verdad era importante. Y al final sólo importa una cosa: la libertad.


VII.
En las guerras tarde o temprano uno se da cuenta de que la libertad, la justicia y la belleza son sinónimos. Y si en las guerras tienes una motivación diferente a esas tres palabras, a las palabras, entonces no luches porque no eres noble y bates tus armas en favor de la peste. Y es que al final uno sí se tiene que aferrar a algo pero eso a lo que se tiene que aferrar no es el pasado ni lo banal ni el futuro: uno se tiene que aferrar a la belleza aunque no la vea porque precisamente volver a verla alguna vez es el motivo, por eso estás en el frente y por eso derramas tu sangre negra bajo un sol que ya no sale y sobre un pavimento que ya estaba mojado antes de que tu llegaras y por eso perteneces al único bando que existe: el dolor. Todos lloran el exilio de Helena.


Guatire, 22 de mayo de 2017

jueves, 27 de abril de 2017



No hay imágenes. Insomnio. Días sin dormir o durmiendo mal o durmiendo despiertos. Miradas, son todo miradas y rostros sin nombres o con muchos nombres. Y el silencio, el silencio ya no existe. Nos lo robaron. ¿Dónde estás que no te veo, Helena, dónde estás? Se supone que la sangre y las lágrimas son las mejores tintas para nuestras plumas, eso nos dice la historia. Pero yo no puedo escribir. Me gustaban los insomnios que le dedicaba a las musas, pero en estos insomnios ellas callan porque todos gritan. No hay palabras pero tampoco hay silencio. La tragedia fue privada la última vez que pasé tantos días sin escribir. El abismo y el caos estaban consumiéndome desde el interior de mi pecho. Estaban allí, engullendo poco a poco mi carne y mis huesos, pero estaban allí, contenidos en mis fronteras. Yo era su represa y sólo se desbordaban en los límites de mi cuerpo maltratado. ¿Y ahora? Ya no me queda el consuelo falso de que es una sola alma la que está rota. Ya no es la lucha egoísta del cuerpo contra la memoria. No, ya no grito yo sola, ahora gritan todos. ¡Pero es que siempre han gritado todos, gritaban cuando creía que gritaba yo sola y siguen gritando ahora que los oigo! La lucha contra la memoria, contra algunas zonas de la memoria, no se acaba nunca, eso es cierto. ¿Pero y esta? ¿Qué hacemos cuando tenemos que mantener viva la zona de la memoria que más vida nos quita?
Los rostros las miradas los nombres. Siempre en los labios. Siempre en las manos. Siempre en los pies. ¡Pero queman, joder, queman! Abres las ventanas y todo es fuego. Afuera arde pero adentro arde también. Las lenguas se cuelan por las grietas de las paredes, por las esquinas, por los resquicios de las baldosas mal puestas, por las goteras que aún tiene el techo. Y ninguna memoria se calla, nunca. Ni la mía ni la de esta tierra. Hay que aprender a escuchar. Tenemos que afinar el oído antes de que empieza a gritarnos. Y ya es muy tarde. ¿Para qué? ¡Qué se yo! La única realidad aquí es que nadie sabe nada. Seguimos a los que mejor aparentan la mentira de la comprensión. Pero habría que sumergirse en el mar de lava de ella, de la memoria, de la individual y de la colectiva, para acercarnos a algo parecido al entendimiento. Y de ahí sólo sale vivo el que es escoltado por Helena. ¿Y dónde estás, Helena, dónde? No estás en el llanto de las madres que no van a volver a escuchar nunca las risas de sus hijos. No estás en el chasquido seco e indiferente de los rifles de los uniformados. No estás en las palabras brutas y vulgares de los que dicen gobernar. (En realidad el único gobierno es el del caos. Toda sensación de orden es un espejismo). Quizás veo tu sonrisa en dedos que se entrelazan, en cuerpos que se juntan, en miradas que se encuentran en medio de estos desatinos. Debe haber algún niño en alguna parte acariciando a un gato callejero. Debe haber alguien enterándose de que no volverá a cruzar caminos jamás con su abusador. Debe haber alguien viendo al cielo y dándose cuenta por primera vez de que está vivo.
¿Para eso sirven estos caos, no? Para diferenciarse del ruido, para entender lo que significa estar aquí hoy. ¿Y esos que ya no están, lo habían entendido también? ¿Habrían salido a las llamas si hubieran sabido  que ese era su horizonte? ¿O es que acaso esa es la única manera de caminar por el incendio? Suponiendo que no vas a salir nunca. Que no hay océano detrás del fuego. Ninguna muerte sirve nunca para nada. La muerte nunca "vale la pena", ni honra a una tierra o a un principio. ¿Vale la pena morir por la libertad? La libertad de otros, porque tú ya no estás. La muerte siempre es injusta. ¿El sacrificio, el precio a pagar? Ellos no van a volver a ver el mar nunca. Se acabaron las flores y los besos y el dolor. Se acabó. Y a nosotros nos arden mucho las miradas y los rostros y los nombres. Tenemos nuestros propios abismos y ahora tenemos un abismo compartido y el abismo de los que ya se fueron. ¿Vale la pena contar de aquella vez que me di cuenta de que veía el mundo encerrada en una torre de cristal? ¿De qué sirve hoy mostrar las heridas que me causaron las astillas en las manos cuando las quebré para escaparme? ¡Y yo pensaba que era libre y que se había acabado y que era el último gran titán! ¿Por cuántas libertades puede luchar uno sin decidir que al final los motivos en realidad no existen? Porque no los ves porque estás luchando para recuperarlos pero no conoces su rostro o se te olvidó de qué color eran sus ojos.
Insomnio pero se asoman las palabras. Sin orden sin medida sin imágenes, pero se asoman. En realidad no cambia nada. Las miradas y los rostros y los nombres y el ruido y las ausencias y la memoria siguen surcándome la piel. Pero se asoman las palabras. Febrilmente.


Guatire, 26 de abril de 2017


sábado, 3 de diciembre de 2016

Petaloúda

Vigo, Galicia, España.


Pεταλούδα

Me gusta pensar que las aves enjauladas cantan porque están vivas. Imagino que sueñan con el oro sólido en el cielo y con los diamantes líquidos que caen por las montañas y surcan las praderas. Fantaseo con sus vidas pasadas, con que tuvieron padres que les contaron de las hadas que habitan en los bosques, unas criaturas que poseen alas hechas de pétalos y hojas que las clasifican según las estaciones: las de tonos ocre son las hadas de otoño, las de pastel y acuarelas son las de primavera, las de colores brillantes y vibrantes son las de verano y las más raras, las de alas transparentes y tornasol, son las de invierno. Las hadas, poseedores de una filosofía ancestral por contener sus alas todos los secretos de Grecia, les cuentan a las aves que podrían no ser, que podrían nunca haber sido pensadas por alguien y, por lo tanto, no se puede dar la creación por descontada. Pero también las pudieron haber imaginado en otros sitios menos hermosos, y entonces estarían habitando en parajes muertos, sin luz, ni colores, ni música. Y cuando un ave enjaulada escucha la risa de alegría del niño que la observa, que les pidió a sus padres un pedacito de naturaleza, sin maldad, con la misma inocencia con la que arranca una flor de su arbusto para regalársela a su madre, entonces le gusta ser símbolo de libertad, aunque esté presa. Le gusta pensar que cuando el niño deje de ser niño la verá en su memoria y entenderá lo que significa eso, ser libre, la filosofía, la creación, la belleza, y entonces el alma de ese que en antaño fue niño será más amplia y consciente. Y, mientras eso no ocurre, el niño le sonríe porque la ama con la misma pureza que ama el mar al cielo. Entonces canta el ave enjaulada, porque sabe que está viva.


Guatire, 10 de noviembre de 2016

domingo, 30 de octubre de 2016

Retratos y torbellinos.



          Paseo marítimo de Barcelona, España


Retratos
Lo que fui, no sé. No me recuerdo. Me cuesta ver a esa niña. ¿Dónde está? ¿Por qué luce su mirada tan perdida? No lo sabe, no sabe que ha naufragado, no sabe que está en busca de la costa. ¿Cómo puede vivir en su cuerpo si su consciencia está dormida? Nadie la ayuda. Nadie toma su mano. Y ella no escucha las voces. Está sola, sola y fragmentada. Y no lo sabe, no sabe que la miran con extrañeza. Maldicen en su sombra. Pero lo único que ella conoce son las fugas de su alma.
Si seré, no sé. El porvenir es una figura que aparece en el desierto.
Lo que soy, es. Existo. Estoy hoy aquí, entre signos y luces. Ahora me veo y ya no me cuesta. No se me astillan las pupilas. La certeza se asoma por mis venas, y si las sigo llego al alma, en la que está contenida mi consciencia, que ya se ha remendado. La niña alcanzó el puerto después de nadar sin destino. Y se vio y entendió. Ya sabe qué caminos transita, sabe que los transita.
Pero hoy me han traído de vuelta a la niña. Me la han presentado. La he conocido y me han dolido los ojos. ¿De qué sirve tratar de darle sentido al orden de unos pasos que el mar ya ha borrado de la arena? Esa niña ya no existe. La marea también la ha arrastrado a ella. Ahora los fragmentos son espuma, lo laberintos se han venido abajo y sus escombros erosionaron este suelo nuevo. Hay flores asomándose como acuarelas entre las grietas invisibles. El sol sigue en el horizonte, pero ahora sé que no hay caminos que me lleven a él. Los puentes los tienes que crear tú, y su solidez depende de la tuya.
Blinda tu consciencia. Yo ya la tengo blindada. No permitas que retroceda a la crisálida. Ama sus alas de mariposa de primavera y no te niegues jamás a permitir que te pinte con su estela. Los colores embellecen el camino.
Caracas, 18 de octubre de 2016


Torbellinos
Estás como si no estuvieras. Y sólo piensas si estarás. No viva, no muerta. Si estarás en el mundo, si serás. ¿Ser qué? ¿Cielo, mar, belleza? Ser para alguien, ser algo para alguien. Ser alguien para ti. Ser suficiente, que reconozcan que eres. Que te vean, mostrarte, que se contemplen en tu mirada, en tus versos. Resonar tú en ellos. Ser.
Y crece el ardor, y la rabia y la angustia. Y se te prende en llamas la garganta, y la espalda y las manos. Y gritas fuego, y gimes llamaradas y lloras incendios. Y pisas hundiendo el suelo, y sonríes enterrando hachas y miras derribando montañas. Y de pronto el mundo pasa del rojo al negro. Y todo es penumbras.
El abismo ya te agota. Ya no te tienta su neblina. ¿Qué significaría fundirse con la nada? No es eternidad, no te perpetúa, no es aprobación. En el abismo ya no eres. El sol no alcanza tu pecho desnudo, no germina flores en tu piel clara. ¿Qué importa entonces? ¿Por qué quieres saltar a las fauces de una tierra en la que el tiempo no es medida? No avanza. Es un estanque.
Pero a veces nadar en un estanque es la única consecuencia posible del miedo de no ser, del incendio, de la indiferencia. De las sonrisas cínicas que te cantan profecías de tu propia incapacidad de ser, de nadar más allá del estanque, de llegar al mar.
Hay veces que ya estás en el mar, eso es lo que no te dicen. Que el estanque te lo están creando ellos para que no los inunde el tsunami que ya eres. No hay jaula. No eres un gorrión. Eres águila. Y ellos, tu presa.
Caracas, 24 de octubre de 2016

domingo, 16 de octubre de 2016

Súplica de la desesperada

Torre de Hércules. A Coruña, España.


Súplica de la desesperada

Pequeña, corre, por favor.
No caigas en sus juegos barrocos.
Todo lo que ves son velos y máscaras.
Detrás no hay nada más 
que un abismo. 

Pequeña, corre, por favor.
Sus caricias te corroen sin lamentos.
No habla con la voz de los ángeles.
Sus profecías están escritas 
en el polvo de mi inocencia.

Pequeña, corre, por favor 
Tus vestidos son aún muy blancos.
Hay palomas labradas en tu rostro.
Tú no sabes lo que es dormir 
en el lecho del temor.

Pequeña, corre, por favor.
El alma también se hace de belleza.
Puedes vivir el miedo en las letras.
No hay necesidad de que sientas
a tu corazón apagarse.

Pequeña, corre, por favor.
Aún voy arrastrando mis cadenas.
Mira mis alas ensangrentadas.
Siente en mis manos
las cicatrices de mi huida.

Pequeña, corre, por favor.
¿No te lastima mi voz quebrada?
Está llena de astillas de cristal.
Ven y deja que te dibuje el plano 
de la torre en la que estaba encerrada.

Pequeña, corre, por favor.

Guatire, 16 de octubre de 2016

sábado, 24 de septiembre de 2016

Lágrimas de sol

Templo de Debod. Madrid, España.


Lágrimas de sol

Cuando el viento se queda sin colores,
la ciudad se vacía,
las conexiones se pierden,
se ensombrece el sol 
y perecen las flores
¿a qué le escribimos entonces?
A vientos de hedores,
a calles sin nombres,
a desarraigados en su patria,
a noches perpetuas,
a tierras baldías.
¿Quiénes son los poetas en un país donde la música ya no alegra?
Esos a los que les duelen las púas del viento en el pecho,
esos que le inventan leyendas a las esquinas abandonadas, 
esos que son extranjeros en su propia casa,
esos que aún lloran al ver la luna al despertar,
esos que riegan un árbol de papel en medio de una montaña en llamas.
Y aunque son conscientes de sus pechos desgarrados,
de que nadie recordará las historias mañana,
de que serán apátridas en todas las tierras que habiten,
que no crecerá la luz de sus lágrimas 
y de que el papel aviva el fuego en lugar de calmarlo,
no pueden dejar de construir castillos en la arena de una playa donde los temporales son eternos.
Porque la sangre
y los versos
y los hogares sin calor
y el llanto 
y los incendios
son los únicos templos donde les enseñaron a rezarle 
a un dios 
al que la belleza le molesta.

Caracas, 13 de septiembre de 2016 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Retrato de Madrid

Retrato de Madrid

   Tac, tac, tac. Se tamborilea mi maleta amarilla por las calles adoquinadas de la capital española. Madrid, Madrid, siento que te he conocido desde siempre. No había visto hasta hoy tus edificios de otra época ni pintaba mi memoria los cuadros de la luz de este sol tuyo llenando de vida y colores las flores que aún se asoman entre las piedras y el concreto. Mientras avanzo a trompicones, un poco perdida entre tantas tiendas y cuerpos en movimiento acelerado, no me provoca hacer otra cosa que detenerme, detener la ciudad, detener el sol y el cielo, y sentarme frente a la Puerta del Sol, o en la Plaza Callao, y redactarle versos y versos a cada piedra, a cada hoja, a cada teja y ladrillo. No puedo comprender el hastío reflejado en los rostros de algunas personas. ¿Se agotan, acaso, de la belleza? ¿Son siquiera capaces de ver a Helena paseándose entre ellos con su vestido vaporoso y sus caireles de bronce? La han desterrado de sus memorias, pero no de la memoria de esta ciudad casi mitológica, histórica, artística. Hay arte en cada nube de Madrid, sus esquinas suenan a rock, a jazz y a flamenco. La literatura se esconde a la vista en las plazas: ningún español parece detenerse a contemplar, aunque sea por un par de minutos, a Cervantes erguido como un dios con Sancho y el Quijote a sus pies. Las flores blancas de los arbustos de la Plaza de las Cuatro Estaciones pasan casi más desapercibidas que la figura de Apolo que se yergue frente al Banco de España que está en remodelaciones. Una pequeña esperanza me calienta el alma al observar las largas filas que se forman para entrar a los museos, pero se desvanece cuando veo las obras llorando, lastimadas por los ojos que las ven sin observarlas, que se preocupan más por fotografiarlas -o fotografiarse ellos- que por sentirlas. Y quizá yo esté haciendo lo mismo. Ay, ay, que arraigada está la peste.
   Me he encontrado a Helena llorando en el Palacio de Cristal, en el Parque El Retiro, sentada en el círculo de luz que se forma en justo en el medio del recinto, creado por un Helios ansioso por estar siempre en todos lados, viéndolo todo, dejando ver todo. Los ojos diáfanos de Helena de clavan en los míos y cesan sus lágrimas. Me ve porque sabe que la veo. Se dibuja en su rostro la sonrisa más cálida que he visto jamás. Me acerco a ella y junta una de sus manos de marfil con las mías. Se me pone el mundo de cabeza y de repente ya no distingo entre ella y yo. ¿Somos la misma, somos lo mismo? Cierro los ojos y los abro en el interior de la catedral más magnífica que he visto jamás. Pero de algún modo no la veo desde afuera: estoy en cada vitral, en cada grabado, en cada escultura. El alma me canta Toledo, Toledo, y siento las voces del Quijote y el Cid gritar a través de mis venas. Me expando, me hago más inmensa, y ya han caminado mis pies y sentido mis manos las murallas del Alcázar, de las sinagogas y mezquitas, del hospital viejo y del puente que atraviesa el río. Y ahora me deslizo por un antiguo acueducto romano, en las piedras está labrado el nombre de Segovia. ¿Saben sus habitantes que en su Alcázar viven aún Juana la Loca y Felipe el Hermoso? ¿Saben que les gritan al oído sus historias, que les ruegan que no se olviden de su memoria? Nadie escucha las voces de Madrid. ¿Las escucho yo, acaso? ¿Me ha elegido Helena o la he elegido yo a ella? Sólo sé que no hay escapatoria. Me estaba esperando aquí, ahora lo entiendo. Es verdad que a Madrid la he conocido desde siempre: me la regaló ella el día que nací. Y estamos condenadas a esto, a sentirnos incompletas si no estamos juntas, a que no nos vean si no nos vemos. Pero está bien, acepto la encomienda. Seré la guardiana de su memoria, no permitiré que se pierda jamás. No estoy sola en esto, lo sé. Sé que hay otros como yo en alguna parte. Y, si Helios es bueno conmigo, permitirá que los vea, vaya a donde vaya.

                                                                                                               Madrid, 21 de agosto de 2016.

viernes, 29 de julio de 2016

Tres poemas

He decidido colgar juntos estos tres poemas porque veo ciertas similitudes de fondo en ellos. Pero ya decidirán ustedes si están de acuerdo con esa idea.

Introspección

Venero las horas solitarias
contemplando el cielo deshacerse
y alabo las horas melancólicas
esparciendo pensamientos en la bóveda.

Es en estas horas adustas
y no en otras más festivas
cuando comprendo las preguntas,
cuando me lleno de dudas,
cuando se me agotan las respuestas.

Por eso las enaltezco,
por eso agradezco sus colores tímidos,
sus canciones de jazz nostálgico
y su aroma a biblioteca antigua.

Porque no hay respuestas válidas,
sólo argumentos mejor sembrados.
No existe una estructura anterior,
sólo un diseño aleatorio.
No estamos asentados en ningún lugar,
sólo nos movemos esquizofrénicamente,
sin ser conscientes de nuestras errancias.

Creo que Odiseo ha sido el único que lo ha entendido:
que no vivimos si no vagamos,
si no cambiamos el destino cuando lo alcanzamos,
si no navegamos por mares de monstruos
y si no escuchamos a las sirenas
sin ahogarnos por sus cantos.


Guatire, 21 de junio de 2016


Nada

Decidí un día
vivir sin letras
sin palabras, sin poemas.
Me desperté en mi cama
-aunque realmente no la sentía mía-,
casi no noté las diferencias en -mi- casa
-cómo hacerlo,
si vivimos las rutinas en una prosa amalgamada-,
pero cuando salí
y levanté la mirada
me di cuenta de que no había cielo:
se había extinguido el sol,
los colores se ocultaban tras las sombras.
Y es que todo era sombras,
no había diferencia entre los rostros de las personas,
ni en los bigotes de un perro y un gato.
Pero lo peor, lo peor de todo
es que yo no era nadie:
mi alma se había escondido con los versos y los sentimientos.
Todo era sensaciones sin nombre, estímulos externos sin sentido,
percepciones sin reflexiones.
Y me ahogaba,
y la confusión me ahogaba más.
Se borraron las diferencias entre lo vivo y lo muerto
y así me perdí
y el mundo se perdió también.
Caracas, 11 de julio de 2016


Retrospección enmascarada

Hoy echo de menos un sol antiguo
cuya luz -falsa- se rompía en estrellas sobre mi piel.
Añoro las brisas de aire fresco en mayo,
que me envolvían en un -falso- reconfortante abrazo.
Recuerdo con nostalgia la sensación de las semillas brotando bajo mis pies desnudos,
obsequiándome una -falsa- rosa nevada.
Extraño el agua diáfana de las cascadas de invierno,
y la -falsa- pureza que dejaban al deslizarse por mi garganta.

Revolotea hoy mi alma
por las memorias de un pasado de -sombras- luces,
en el que cantaba himnos -fúnebres- de fiestas
y sonría -lloraba- cada noche
cuando recordaba que estaba viva.
Guatire, 13 de julio de 2016

sábado, 16 de julio de 2016

Monólogo de Odiseo

Hace tiempo que quería publicar este monólogo, que escribí originalmente para mi clase de Literatura y Vida durante mi primer semestre en la escuela de Letras. Hoy veo muchas cosas en él que no veía cuando lo escribí, hace ya un año. Este es un Odiseo al que enfrenté, casi sin querer, con el absurdo Camusiano. No me imagino realizando hoy semejante experimento, lo que definitivamente me hace agradecer haberlo hecho accidentalmente. Creo que así, por accidente, es que nacen algunas de las mejores cosas de este mundo. Pero juzguen ustedes.


Monólogo de Odiseo
–Esto que voy a contarte, amigo mío, ¡ay, amigo mío! lo llevo enterrado muy profundo en el alma. Y es que ya no sé quién soy, no sé si soy esta vergüenza, estas errancias, estas imprudencias. Me he perdido, me he perdido en los mares de mi inconsciente. Y me estoy ahogando. Poseidón no me deja respirar. Estoy tratando de refrenarlo, pero es imposible. Me lo he buscado. Este peso sobre mis hombros, estas rodillas débiles, estas alas rotas, me las he buscado yo y nada más que yo. Tengo que sacármelo, así que por favor, escúchame. Tú, que no has caminado conmigo a través de mis desaciertos, tú, juez imparcial, escúchame. Nix y yo nos hemos hecho cercanos amigos, mucho más de lo que alguna vez pude haber imaginado. Y es que estas viejas jornadas me están alejando de Hipnos, cuyo rostro ya no podría reproducir si eso me pidieras. Lo he olvidado, lo he olvidado en beneficio de mis días pasados. Me asedia, sobre todo, el fantasma de aquella diosa, en la mitad de mi viaje. Una diosa de cabello azafrán, piel de perlas y ojos uránicos. La primera vez que vi su rostro infinito sentí estar observando todas las verdades del universo en el contraste perfecto del día y la noche que era ella. Se me reveló la verdad, y la verdad resultó ser el misterio del pasado. La memoria, la capacidad de recordar, de aprender de nuestros fallos y aciertos para construir nuestro futuro es lo que nos hace humanos. Eso, aunado, por supuesto, a las emociones. Y emociones muy fuertes experimenté en el lecho que compartimos durante incontables lunas. No te voy a mentir: no estaba buscándola cuando la encontré. La encontré sin esperarla, sin si quiera quererla, porque un dios me dijo que encontrarla sería la única manera que tendría de volver a mi hogar. ¿Por qué será, amigo mío, ¡ay, amigo mío!, que para volver a Ítaca, a los brazos de mi adorada Penélope, he tenido que pasar antes por los brazos de ella? No sé cómo llamar al año fugaz que pasé a su vera. ¿Prueba? ¿Fue una prueba para mí, o para ella? ¿Tenía yo algo en mi interior que ella necesitaba, aunque no pudiera quedarme? A lo mejor ella necesitaba de mi pasado para empezar a vivir y dejar de existir. Quizá, creo, estoy casi seguro, de hecho, de que cambié su esencia. Su hostilidad, su agresividad, ahora amabilidad y hospitalidad. Torné su oscuridad en luz. ¿Se vale decirlo, o suena muy pretencioso? ¿Tú que piensas? La verdad yo no lo sé, pero lo que sé es que cuando llegué a su isla me engulló la oscuridad, y cuando salí me liberó la luz. De bruja a mujer, de inmortal a mortal. Pero es mentira esto que digo, ahora lo veo. Yo no la cambié, yo sólo la ayudé a reconocerse. Porque ella es como esa flor que me dio Hermes para neutralizar su magia: blanca y negra. Y va más allá de lo que ya te dije antes, del día y la noche en su cuerpo. Lo que eres es lo que te neutraliza, y ella es sabia, pero también siente. Y a mí me regaló ambas cosas, sus saberes y sus sentires, porque la ayudé con lo segundo. Te quito, pero te doy. ¿Lo ves, me sigues? Te encuentras cuando no te estás buscando. Mi plan, siguiendo los consejos del dios, simplemente era recuperar a mis hombres, seres de raciocinio convertidos por ella en seres irracionales. Pero, ¿que saben los sentimientos de razones, amigo mío? Sólo alguien como ella podría compaginar ambos términos sin crear un enorme disparate. Y así me lo demostró al despedirme, a orillas del mar, negro vestido, negro velo, negro pelo, blanca piel. No puso reticencias en que me fuera, pero le guardaba luto a mi partida. Sabe que el mejor amor no siempre es el que más dura, sabe que amar tiene que ver con la intensidad de tu entrega. Y sabe también que, a veces, por mucho que lo desees, no todos pueden quedarse. Sabe que algunos sentimientos son tan intensos que, aunque no parezcan estar, realmente siempre están. Sabe que esa clase de sentimientos son tan indestructibles que pueden convivir con la llegada de unos nuevos sin que esto le quite validez ni a los unos ni a los otros. Y sé que lo sabe porque sabía quién era yo y sabía de mi Penélope. ¿Cómo no rendirte a sus pies, amigo mío? ¡Ay, amigo mío! ¿No es una maravilla? Una maravilla, pero no una maravilla natural: una maravilla mágica, imposible. Estamos acostumbrados a asociar la belleza con la naturaleza, pero ella me demostró que algunos misterios son más hermosos que las verdades que encierran. ¿Qué me importaba saber a mí, amigo mío, cuál era su verdad cuando su misterio era tal? Espera, ya continúo, disculpa mi interrupción. Pero he recordado una vaga reflexión que cruzó por mi mente mientras la veía por última vez, en aquel vestido de oscuridad del que te hablé. Recuerdo haber pensado en la relatividad inmanente de la belleza y el tiempo. Ella no se parece en nada a mi Penélope, pero a pesar de que una es inmortal y la otra mortal, las considero a ambas increíblemente hermosas: una todo enigma, la otra toda transparencia. Lo mismo el tiempo, pues mientras un solo año en Troya me parecía eterno, un  año a su lado me ha parecido tan efímero como el revoloteo de alas de una mariposa. Comparo el misterio de la belleza y el tiempo con el misterio de la luz y la oscuridad que ella encarna. Y ahora que te he dicho esto, entiendo que mis anhelos son infundados. Jamás podré entenderla, porque la comprensión de lo que no es natural va mucho más allá de la capacidad de entendimiento de los mortales. ¡Y eso soy, amigo mío! ¡Ay, amigo mío! Un mortal y nada más que un mortal. ¿Será por eso que tuvimos que compartir esas noches de primavera? Cualquiera que la observa, que la escucha, que la vea, que se funda con ella, entenderá lo insignificante que es su vida realmente. No sé en qué momento lo supe yo. No sé siquiera si lo sabía antes de decírtelo. Pero soy consciente ahora, de que así como la enfrenté a su esencia completa, ella me enfrentó a la mía: la mortalidad. Que he muerto dos veces, me dijo. No sé si logro comprenderlo (como ya te dije, es una quimera aspirar a tal y tiránica tarea. Un mortal, entendiendo a una diosa ¡ja!), pero lo que sí sé es que la consciencia de que voy a morir me estaba matando. No quería enfrentarme conmigo mismo, con tantos días perdidos, con tantas ideas desengañadas. Ahora comprendo que mi más grande hazaña no fue haber participado y ayudado a ganar la guerra contra los teucros, ni haber salido airoso de mis insensateces, vez tras vez. Mi mayor hazaña es ésta, descubrir y aceptar mi verdad, mi realidad. Gracias, amigo mío, porque estas lastimeras lágrimas que he derramado mientras te hablaba no las derramaré de nuevo. Mis próximos llantos no serán de aceptación, quizá de nostalgia, pero ahora que me he confesado contigo, no volveré a penar al admitir que mi nombre es Odiseo y soy un náufrago.


Lo que el desgraciado de Odiseo, el Náufrago, no sabía, es que eso que lo hizo mortal sería, indirectamente, lo que lo mataría: el fruto del amor entre la naturaleza y lo antinatural sólo puede ser la muerte.

Guatire, 01 de agosto de 2015

domingo, 3 de julio de 2016

Gin tonic

Gin tonic

Al abrirse las puertas tuve una buena impresión. Él era exactamente como lo había imaginado siempre en mis sueños más caóticos: alto, cuerpo esculpido, caireles broncíneos, profundos ojos del color del mar caribe y piel tersa y mate. Casi podía observar, extendiéndose tras su espalda fuerte, unas amplias alas negras, como de ángel vengador. Lo supe de inmediato, que él era el elegido, que Perséfone me había enviado a su favorito.  Finalmente, después de muchas noches entonando plegarias, había atendido a mis cantos.
—¿Te invito una copa? —Me preguntó, después de sentarse a mi lado, frente a la barra. Sonaba una melodía de jazz suave, mi vestido era muy corto y él no podía dejar de mirarme las piernas. Sabía jugar bien su papel. Eso me sedujo.
—Gin tonic —Accedí, a pesar de que la técnica de retardamiento me producía ansiedad; esto no era una tragedia griega ni un relato homérico. Podría haberme dedicado a reflexionar que era “esto” exactamente, pero me convertí en “Extranjera” por un momento y decidí no hacerme preguntas. ¿Qué coño importaba, de todos modos?
Me puso una mano en el muslo cuando dejé la copa vacía sobre la barra. Se me aceleró el corazón y sentí el pulso latirme con fuerza contra la sien. Lo miré, me miró, y tuve claro que él sabía que sus intenciones me eran transparentes. Supo también que deseaba que las ejecutara.
Entrelazó sus dedos con los míos y de un girón me bajó de la butaca. Salimos del bar y recorrimos varias calles hasta llegar a un motel: “PLUTÓN”, justo como siempre lo había imaginado en esos sueños caóticos. Me lanzó sobre el colchón raído, se abalanzó sobre mí, sacó el cuchillo y se reflejaron mis ojos enfebrecidos en la hoja pulida. Sonreí ampliamente, sin miedo, mientras me lo enterraba en el corazón. Por fin había llegado el momento: me reuniría con Perséfone.

Caracas, 20 de febrero de 2016

miércoles, 25 de mayo de 2016

Ciudad suicida

Ciudad suicida
Las flores ya no cantan
en la ciudad suicida.
Los niños ya no iluminan,
no caminan las mujeres por las vías.
Se va cayendo el cielo,
se elevan las llamas del infierno,
plañen las aves
memorias de armas de hielo
y de hombres ciegos
que se escondían en pelotones de fusilamiento.
Susurran los ríos
cuentos de viejos,
de madres que saltaban de barrancos
huyendo de hogares hambrientos.
Se escucha el grito de los vientos,
tratando de advertir a los pobres
que el latón se puede abollar si llueve muy fuerte.
Y la tormenta no cesa,
y los pobres no escuchan:
les han pintado en las ventanas
una pradera de sol platinado,
oyen una música de versos oscuros
que ellos sienten muy claros.
¿Y quién le va a decir a los soldados
que no se ganan las guerras no declaradas?
¿Y quién le va a decir a las viudas
que mueren sus hijos por defender
una tierra sin hadas?
¿Y quién le va a decir a los jóvenes
que no hay esperanza para los que se matan?
¿Y quién le va a decir a la ciudad
que sus impulsos se curan confiando en la nada?
A veces desaparecen los historiadores,
espantados por las encrucijadas de los que mandan.
Entonces sólo quedan los poetas,
dispuestos a tomar de bala una palabra,
rezando en silencio
porque la ciudad jamás les dé el arma.

Guatire, 23 de mayo de 2016

sábado, 14 de mayo de 2016

En esta ciudad nadie es inocente

En esta ciudad nadie es inocente
Hay un mosquito en la ventana de la sala de Gabriela. Se acerca con sigilo, cuidando no espantarlo. El mosquito agita las delanteras patas blancas y las frota en un movimiento extraño que le concede la apariencia de estar tramando algo —¿contagiarla de zika, quizás?—Gabriela no le da tiempo de llevar a cabo sus planes secretos y estrella la mano contra la ventana con rapidez. El vidrio retumba un poco y la mano le palpita ligeramente, pero es en vano. Ha fallado y el mosquito ya no está. Abre la ventana con la esperanza de que el invasor abandone su hogar. Sonríe parcamente, es una madrugada sin calima.
Una camioneta de apariencia nueva y brillante surca la calle del frente, produciendo menos sonido que el respingo de sorpresa que da Gabriela al verla. «Coño, ¿por qué habrá seguido de largo?».
Pegado del vidrio del asiento de copiloto de la camioneta está el patas blancas que Gabriela no consiguió matar. Puertas adentro, una prostituta que se hace llamar Alessandra apunta con un arma al conductor de la camioneta, cuyas manos tiemblan sobre el volante. Eso no era lo que se esperaba cuando subió a la hermosa mujer a su vehículo. Alessandra, en cambio, tuvo muy claro lo que iba a hacer desde que le vio el rostro al hombre. Había estado esperando esa oportunidad durante meses.

Al papá de Alessandra lo habían matado a las doce de la noche del treinta y uno de diciembre del año pasado, en las puertas de su propia casa. Alessandra había visto todo escondida detrás de la ventana y cuando el disparo sonó, no gritó. No pudo hacerlo. En su lugar, se quedó estática, observando incógnitamente como escapaban los asesinos de su padre. Eran tres y a los tres les vio la cara en las penumbras, apenas iluminadas por las luces de navidad que los vecinos de su barrio no dejaban de poner jamás a pesar de la situación tan apretada. El que accionó el gatillo volvió la mirada a la ventana en la que Alessandra estaba, pero el juego de luces trabajó a su favor, porque el hombre sólo pudo ver su propio rostro reflejado en el cristal. Alessandra, en cambio, lo detalló con precisión.
Los gritos de su mamá y de los vecinos se perdieron entre los cohetes que anunciaban la llegada del nuevo año. Había unos pocos fuegos artificiales iluminando de colores el cielo caraqueño, pero Alessandra no los veía, no los escuchaba. Lo único que veía eran las facciones del asesino y lo único que escuchaba era ese otro cañón destinado a dejarla huérfana de padre.  A pesar de que lo único que conservaba del asesino era el recuerdo vívido de su figura, Alessandra se prometió no descansar hasta encontrarlo y vengar a su padre. Por él hacía lo que hacía, por él vendía su cuerpo y se extenuaba en las noches hasta drenar toda su energía y olvidar que la gente practica el sexo porque siente placer. Ella lo repetía tantas veces que llegaba un momento en que perdía toda clase de sentido y se convertía en un acto mecánico que ejecutaba sin pensar. Pero le pagaban bien —era joven y hermosa—, y aunque ganase menos, no habría sesgado sus esfuerzos. Sin ese dinero iban a matar a su papá.
Pero al final, aunque había reunido el dinero, lo habían matado de todos modos. Su sacrificio, que ocultaba con una sonrisa permanente a sus clientes y a sus padres, no había servido para nada. Le habían quitado lo que más amaba. La vida carecía de sentido, nada importaba. Y por eso iba a matar al maldito, para demostrárselo. A partir de entonces, cargó escondida en sus botas altas una pistola pequeñita que consiguió a cambio de un par de orgasmos, esperando pacientemente su oportunidad de ser usada. No tenía prisa, podría esperar años de ser necesario. La idea de la venganza le aportaba a su vida una sensación virtual de sentido. Además, no le preocupaba que la oportunidad no se diese, o que confundiese al asesino con algún inocente —«como si hubiese algún inocente en esta ciudad»—, conocía la mirada de los que requerían sus servicios y ese hombre la buscaría, tarde o temprano. Así funciona ananké. La vida es circular.
Y, efectivamente, la serpiente mordió su cola el 15 de abril. A pesar de haber aguardado el momento durante casi cuatro meses, no sacó la pistola hasta que se hubieron alejado bastante del lugar donde fue recogida. Con un movimiento demasiado veloz como para darle chance al asesino de que reaccionara, le clavó el cañón en la sien y le arrancó de la cintura el arma que llevaba. «Me vas a llevar a tu casa. Y reza por vivir acompañado. Si vives solo, te mueres tú», le dijo. El asesino no hizo preguntas y dirigió la camioneta hasta La Candelaria. Después de que pasaron frente a la esquina donde mataron a Bassil D’Costa, Alessandra le habló de nuevo: «Espero que este año nuevo te hayas echado una buena pea». El asesino, que no era bruto, entendió entonces. «A mí me mandaron a matarlo porque le debía un dinero al jefe», balbució, y por su manera de expresarse, Alessandra entendió que ese joven no era inculto y que posiblemente hubiese terminado enredado en el asunto porque, al igual que a su padre, su amor por Molly le había salido demasiado caro «Al jefe no le va a importar que yo me muera». Pero alguien tenía que pagar y Alessandra no estaba dispuesta a esperar más. Se le había agotado la paciencia. «En esta ciudad nadie es inocente». A la altura del Sambil de Bellas Artes, el asesino detuvo la camioneta. Alessandra estaba segura de que no vivía ahí, que estaba protegiendo a alguien, pero, en un arrebato de compasión, decidió cumplirle al asesino de su padre su último deseo y matarlo a él en lugar de a ese ser que protegía.

El patas blancas —que realizó todo el trayecto con ellos después de conseguir esconderse bajo los asientos traseros— sale de la camioneta justo antes de que Alessandra arranque y se vaya muy lejos de allí, dispuesta a no regresar jamás al escenario de su vendetta.
Vuela con tranquilidad, casi ajeno a todo lo ocurrido, y se posa aleatoriamente en una foto que se le había caído del bolsillo al asesino asesinado. El mosquito repite el movimiento que realizó momentos antes, ese que le hacía parecer poseedor de planes turbios.
En la foto se ve a una sonriente muchacha montada en la espalda del asesino asesinado, que también sonreía, incapaz en ese momento de predecir la manera en que terminarían sus días. La foto está llena de líneas de arrugas, prueba de la cantidad de tiempo que habían pasado de bolsillo en bolsillo. Aún se alcanza a leer, sin embargo, una pequeña dedicatoria escrita a mano con una preciosa caligrafía cursiva:
Para que me lleves siempre contigo.
                  Tu hermanita, Gabriela.

Guatire, abril de 2016.

domingo, 1 de mayo de 2016

La Isla

Me puse nostálgica hoy, así que he decidido subir el primer cuento "formal" que escribí, hace ya casi un año. Le tengo mucho cariño, tanto por haber sido el primero que escribí como por las circunstancias en las que lo hice.

Por cierto que releyéndolo lo encontré muy similar en forma a Cacería (http://palabrasdeapolo.blogspot.com/2016_03_01_archive.html), lo que me pareció divertido porque nunca se me ocurrió relacionarlos. Quizás ustedes sí lo hagan.


La Isla
Ella era una Isla. Cuando el nuevo Náufrago llegó, ya había otro habitándola. La estaba destrozando.
La Isla solía ser hermosa, con la arena blanca como las perlas, el mar turquesa como la piedra y calmo como el cielo, la vegetación de colores tan brillantes como el sol.
Al principio, el primer náufrago parecía ser el indicado, aquel que convertiría esa paradisíaca Isla virgen en una versión mejorada de sí misma, ideal, de fantasía. Por un tiempo, un tiempo precioso, la Isla y el náufrago vivieron en aquel sueño de felicidad y armonía.
Fue poco antes de que llegara el segundo Náufrago cuando la Isla despertó y abrió los ojos a la realidad, su opaca realidad. La arena de perlas parecía de tierra, el turquesa y calmo mar ahora era verde y tempestuoso, la vegetación hecha de luz se había convertido en oscuridad. Por eso, al principio, el instinto de la Isla fue desconfiar de la aparente bondad del segundo Náufrago. Y es que en silencio, casi en incógnito, en anónimo, el nuevo Náufrago empezó a pulir las perlas, a calmar las tempestades, a recuperar la luz. Y a la Isla le gustaba la manera en que lo hacía. Empezó a apreciar los cuidados, a admirar sus destrezas, a adorar sus obras mudas, hasta que se dio cuenta de que el primero debía irse. 
Lo echó con una ola gigantesca, tan grande y monstruosa que arrasó con parte de la labor que el segundo Náufrago había estado haciendo. 
Cuando el primero finalmente se fue, el segundo volvió a empezar con el trabajo. Paciente, dulce, dedicado, laborioso. Prontamente, la Isla recuperó su esplendor. Brillaba aún más.
La Isla supuso que el segundo Náufrago se quedaría con ella. La entendía, la apreciaba, la amaba. Era obvio, lógico, evidente. 
Pero el Náufrago no se quedó. 
Un día, cuando la Isla ya había decidido mantener al Náufrago con ella para siempre, un Barco apareció en las costas de turquesas. No era grande; era elegante, delicado, gracioso. La Isla no pudo evitar contemplarlo embelesada.
El Náufrago lo admiró también. 
El Barco atracó en la Isla e, inevitablemente, su belleza la embelleció. 
El hechizo pareció romperse. El Náufrago ya no le dedicaba a la Isla las mismas atenciones que le dedicaba antes. Ahora, el Barco ocupaba gran parte de su tiempo. Pero, por mucho que el Náufrago quisiera negarlo, la conexión entre él y la Isla seguía estando allí.
A pesar de que ella empezó a ensombrecerse poco a poco, había pequeños detalles del Náufrago que la hacían relucir, volver a la vida momentáneamente. Pero eran demasiado escasos, efímeros,
Finalmente, cuando a la Isla ya no le quedaban fuerzas para subsistir por sí misma, el Náufrago decidió que era momento de elegir.
–Te iras con él –Afirmó la Isla cuando el Náufrago le comunicó su determinación de decidir. 
–El Barco no necesita un náufrago –Intentó argumentar éste– Necesita un capitán.
–Y tú estás dispuesto a convertirte en el suyo.
La Isla no necesitó confirmación para saber que había desnudado la verdad. El Náufrago y el Barco partieron juntos a la llegada de la etérea aurora de insomnio coral.
Durante lo que parecieron eones, la Isla vivió una tormenta eterna. Se recreó en su soledad y, en las escasas noches despejadas, se permitió reflexionar acerca de lo que significaba ser ella, hasta que entendió que la condena de la belleza es la incomprensión y la admiración silenciosa y distante. Sólo entonces la tormenta cesó y sus antiguos encantos reverdecieron de nuevo. Volvió a ser hermosa, pero distinta, más adusta, menos brillante.
No llegaron más náufragos a sus tierras, pero sí tuvo muchos visitantes que la contemplaron brevemente, como quien admira un cuadro o un poema. Ninguno consideró siquiera quedarse.
Fue durante un amanecer opalino, cuando a la Isla ya le gustaba su estado de perenne soledad introvertida, que el Náufrago regresó. Estaba mayor, más delgado, su rostro demacrado, sus ojos más sabios. De alguna manera, más hermoso. Al igual que la Isla, había soportado tormentas eternas que, al final, resultaron no serlo.
La Isla demostró su sorpresa de un modo algo dramático; hacía mucho tiempo que ya no se acordaba de lo que era sentir y fue más la emoción de sorprenderse que la aparición del Náufrago lo que la sacudió con la fuerza de un maremoto.
–No soy un capitán –Soltó el Náufrago, nada más llegar– Estando ya en alta mar, me di cuenta de que no podía capitanear nada porque yo mismo necesitaba quien me guiara. El Barco se convirtió en esa guía ansiada y prometió llevarme a dónde pertenecen los náufragos: las islas. Aporté en muchas, pero a ninguna embellecí como a ti, ninguna me embelleció como tú.
Y nada podría devolverle la pureza inicial al corazón de la Isla, ni eliminar las jornadas errantes del alma del Náufrago, pero en ese instante, juntos, fueron eternos.

Guatire, 5 de junio de 2015

domingo, 24 de abril de 2016

Del sol y las flores

Del sol y las flores
            Llevábamos varios meses viviendo en Madrid cuando nos fuimos de España. A los ocho años, mi hogar era una cama de colchón raído que compartía con mi madre, situada en una habitación a la que sólo podía accederse empujando una librera. Para mí era toda una aventura: sentía que vivía en un fuerte que me ocultaba de una guerra y todos los días me gustaba imaginarme soldados con fusiles pasando frente a la librera sin detenerse si quiera a contemplarla.
            Nuestro viaje ocurrió en mayo de 1940. El día que mi madre me comunicó que nos íbamos, ella había estado fuera del fuerte todo el día, cosa que casi nunca ocurría. Estaba dibujando flores rojas y un sol amarillo cuando regresó conmigo. Alabó mi dibujo y le pregunté si así se veía el sol hoy. Me dijo que no lo sabía, pero que pronto podría comprobarlo yo misma, porque abandonaríamos el fuerte. Le pregunté si los soldados ya no cargaban fusiles y me contestó que, al contrario, los soldados habían empezado a detenerse en la librera. Mi madre me seguía el juego de mucho agrado: evitaba demasiadas preguntas.
            Nunca conocí la identidad de la dueña del fuerte y sólo le vi el rostro dos veces: el día que llegamos desde Barcelona y el día del viaje, apenas una semana después de la conversación con mi madre. Ese día, para mi madre y para mí amaneció en la noche. Ella ya había organizado muy bien nuestras pocas cosas en un baúl y me había dejado fuera los lápices de colores y el cuaderno para que dibujes las flores de nuestro viaje. Recuerdo que las piernas me dolieron cuando bajaba las escaleras del edificio; sentía que las estaba moviendo por primera vez. Mi madre y yo nos montamos juntas en el asiento trasero de un coche que nos esperaba en la avenida y nos fuimos sin que pudiese contemplar ni una sola vez el sol de Madrid.
            La ciudad había desaparecido cuando abrí los ojos de nuevo. Tuve que cerrarlos de inmediato porque la luz me penetraba las pupilas. Me encontraba muy rara. Desconocía la sensación del sol reflejándose en mi piel, ese calor picante en mis brazos, el verme bañada por tanta luminosidad y ver a mi madre resplandeciendo también. Pero lo que más desconocía no era ese sol que llevaba meses dibujando en mis recuerdos, sino la sonrisa de mi madre, que iluminaba más que la estrella. Me tenía estrechada entre sus brazos a pesar de estar sudando y no podía dejar de darme besos en las mejillas, esas que me decía todo el tiempo le recordaban tanto a mi padre. La dibujé a ella pensando en él y en como su voz contándome algún cuento antes de dormir se me hacía tan lejana como los cañonazos que solía escuchar todos los días en mi casa en Barcelona. Le pregunté entonces a mi madre si ese era el destino del viaje, volver a casa con mi padre, y ella me respondió que el destino de algunos viajes es simplemente viajar. La respuesta debió satisfacerme, porque no indagué más en los motivos. Mientras el coche siguió rodando por esas carreteras anónimas, mi única preocupación fue que los baches no arruinaran mis dibujos.
            Al medio día nos detuvimos en una granja y pude verle entonces el rostro al conductor. Me lancé a sus brazos de inmediato: esos ojos del verde de las aceitunas que me traía mi papá para merendar sólo podían pertenecer a mi tío, que realmente no era mi tío, era el mejor amigo de mi madre. Pero, a esa edad, esa clase de matices carecen de importancia. Lo único que me importaba era lo mucho que lo quería y extrañaba: había dejado de verlo cuando nos fuimos de Barcelona. Le mostré mis dibujos y me dijo que había sido demasiado generosa con mi madre. Le respondí entre risas que el sol la dibujaba solo. Me senté en el pasto después de almorzar y observé a mi madre y a mi tío discutir con un objeto metálico en mano, parecía un arma. Me pregunté si mi tío sería un soldado. Al cabo de un rato, se abrazaron y regresaron conmigo. Nos montamos en el coche y continuó el camino, pero ya no dibujé más.
            Me faltaron colores para el atardecer. Naranja, rosa y amarillo se me hacían insuficientes. Me quejé con mi madre y entre risas me dijo que el hombre hace lo que puede frente a la naturaleza. Yo le dije que no entendía que tenía eso que ver, que yo lo que quería era más colores para pintar mejores atardeceres y ella me prometió entonces que los conseguiríamos en Portugal. Me enteré así de nuestro destino y aún hoy me pregunto si se refería a los colores o a los atardeceres. Ojalá estuviera ella viva para contestármelo.  
            Unos soldados nos detuvieron de repente. Mi tío frenó con naturalidad, como si se lo estuviera esperando. Los saludó en una lengua rara y les extendió unos papeles. Los miraron, se miraron y nos miraron. Mi tío se puso nervioso entonces, lo supe porque sus dedos tamborileaban sobre el volante. Torció el cuello y compartió media mirada con mi madre, que se había quedado estática. Los soldados nos pidieron entonces que nos bajáramos del coche y mi tío aceleró. Escuché cañonazos y pensé que mi mamá me había mentido para sorprenderme: habíamos regresado a Barcelona para ver a mi padre. Pero de lo siguiente que me acuerdo es de la mirada de aceitunas de mi tío viéndome desde arriba, inclinado sobre mi cama y resplandeciendo de una luz blanca que no era el sol y que no dejaba espacio a las sombras. El sol ya no brillaba porque mi madre ya no estaba. Y allí terminó mi viaje: había llegado a mi destino y, oficialmente, me había convertido en extranjera.
Guatire, 01 abril de 2016